martes, 30 de junio de 2026

Me pareció ver un lindo gatito

 


N.U.L. (53)

        El sol de la tarde calcinaba las murallas de la última gran fortaleza egipcia. El faraón Psamético III contemplaba la llanura desde lo alto del bastión, confiado en que sus arqueros y la solidez de sus muros repelerían al ejército persa. Cambises II, el rey de reyes, aguardaba abajo.

        —Señor —murmuró un general egipcio, con la voz quebrada por la confusión—. Los persas avanzan. Pero... traen escudos extraños.

        Psamético frunció el ceño y se asomó al parapeto. El ejército aqueménida marchaba a paso firme, pero la vanguardia no sostenía bronce ni madera labrada. Al frente de las líneas persas, una marea viva y caótica se movía entre el polvo. Cientos de gatos, perros e ibis corrían desorientados, empujados por los soldados. Peor aún: cada soldado persa llevaba pintada en su escudo la silueta de Bastet, la diosa felina, y muchos cargaban un gato vivo atado fuertemente al pecho.

        —¡Preparen los arcos! —ordenó el general—. ¡Fuego a discreción!

        Los arqueros tensaron las cuerdas de los arcos de madera de rumi, apuntando a la masa que se aproximaba. Sin embargo, cuando el primer persa se puso a tiro de flecha, un maullido agudo y aterrorizado rasgó el aire del desierto. Los soldados egipcios se congelaron.

        —¡No podemos disparar! —gritó un arquero, bajando el arma con las manos tembloras—. Si matamos a un felino, nuestras almas arderán en el Duat. Es un sacrilegio contra Bastet.

        —¡Disparad, maldita sea! —rugió el faraón, desesperado—. ¡Es un truco!

        —Majestad, es la ley divina —replicó el general, pálido—. Dañar a un gato se castiga con la muerte. El pueblo se rebelará si profanamos a la diosa.

        El pánico religioso se propagó más rápido que la peste. Cambises II vio la parálisis de sus enemigos y sonrió bajo su barba rizada. Sabía que para un egipcio, el orden cósmico dependía del respeto a los dioses sagrados.

        Los persas avanzaron sin recibir una sola flecha. Cruzaron las líneas defensivas con los felinos maullando al frente, como un escudo místico e inquebrantable. Cuando los soldados de Cambises treparon las murallas, los egipcios, paralizados por el miedo a la condenación eterna, rompieron filas y huyeron en desbandada hacia el interior de la ciudad. Pelusio cayó sin que los persas tuvieran que derramar apenas una gota de su propia sangre.

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