N.U.L. (52)
El sol de la tarde se filtraba por las columnatas de la lujosa villa en el monte Palatino, iluminando los mosaicos que decoraban el suelo. Livia se miraba en un espejo de bronce pulido, frotando sus encías con un paño de lino fino. A su lado, su esclava de confianza, una joven griega llamada Helena, sostenía un pequeño frasco de cerámica sellado con cera.
—¿Estás segura de que ha llegado hoy en el puerto de Ostia? —preguntó Livia, mostrando una dentadura que, a pesar de los banquetes llenos de vino y dátiles, lucía de un blanco deslumbrante.
—Sí, señora —respondió Helena, rompiendo el sello del frasco con cuidado—. El mercader juró por Júpiter que es auténtica orina de Hispania. La más concentrada, recolectada en ánforas públicas y dejada envejecer bajo el sol ibérico hasta que el amoníaco purificara el líquido.
Livia sonrió, satisfecha. En la alta sociedad de la Roma imperial, una sonrisa radiante era el símbolo definitivo de estatus y salud. Los patricios sabían perfectamente que el enjuague diario con este peculiar elixir eliminaba las manchas y combatía el sarro con una eficacia pasmosa. El secreto químico residía en el amoníaco, un potente agente limpiador que devolvía el brillo al esmalte.
—Huele espantoso, como siempre —comentó Livia, arrugando la nariz mientras Helena vertía una pequeña cantidad en una copa de plata—. Pero el poeta Catulo tenía razón cuando se burlaba de Egnacio por sonreír todo el tiempo solo para lucir sus dientes lavados con el producto de su propio vientre. Al menos el mío viene de lejos.
—Dicen que los hispanos tienen la mejor orina del Imperio debido a su dieta y al agua de sus tierras, señora —añadió la esclava, pasándole la copa—. En el mercado se paga a precio de oro. Los recaudadores de impuestos del emperador Vespasiano se están haciendo de oro gravando las letrinas públicas gracias a esta costumbre.
Livia tomó un sorbo, conteniendo la respiración por un instante, y realizó los buches con la disciplina de una auténtica noble romana. Tras escupir en un cuenco de bronce, se enjuagó rápidamente con agua de manantial y volvió a mirarse al espejo. Sus dientes resplandecían bajo la luz romana, limpios, sanos y desinfectados por la fuerza química de un desecho transformado en cosmético de lujo. Roma dominaba el mundo con sus legiones, pero conquistaba la belleza con los métodos más insospechados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario