N.U.L. (46)
Luis de Góngora, el veterano, refinado y amante de las palabras complejas, entra a una conocida taberna literaria estrenando unos zapatos caros. En una mesa del fondo, con su mirada miope tras unos quevedos (gafas) y una sonrisa burlona, le espera el joven Francisco de Quevedo. El ambiente se congela.
Góngora, buscando humillar al joven delante de todos, suelta la primera puñalada: —“Mirad qué joven tan aplicado, que para ver la realidad necesita cristales, pero para ver su propio talento necesitaría un milagro. Su poesía es tan plana que hasta los cojos la caminan sin tropezar”.
La taberna entera contiene el aliento. Pero con Quevedo no se juega. Don Francisco se levanta despacio, apoya una mano en su bastón y, clavando sus ojos en el cordobés, le suelta el golpe definitivo:
—“Habláis de mi vista, Don Luis, pero vos necesitáis mil palabras para no decir absolutamente nada. Vuestra poesía es un laberinto sin salida... como vuestra propia economía, que de tanto jugar a las cartas debéis hasta el aire que respiráis. Por cierto, ¿es una nueva moda o es que hoy os ha crecido la nariz para oler los billetes que os faltan?”.
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