sábado, 11 de julio de 2026

Cuando El Bosco hizo caso a Satanás.

 


N.U.L. (106)

        La sala del consejo de la catedral estaba sumida en una penumbra opresiva, apenas interrumpida por el parpadeo de los cirios. Hieronymus, con sus ropajes oscuros y las manos cruzadas sobre su pecho, observaba cómo los dignatarios religiosos examinaban con lupa los paneles de El jardín de las delicias.

        —Imagino que sabe por qué está aquí y por qué también lo está el cuadro, ¿no?

        —No exactamente —se defendió el Bosco.

        —Alguien nos informó de que estaba pintando esta obra del diablo. ¿Quién se lo ha pedido, el mismo diablo?

        —No, Eminencia.

        —¡Esto es una blasfemia, Bosch! —bramó el cardenal, señalando los híbridos monstruosos y las orgías de placeres mundanos que poblaban los trípticos—. Has abierto las puertas del averno y has invitado al pecado a sentarse a la mesa de los justos. ¿Acaso has firmado un pacto con el Adversario para retratar su dominio con tanta devoción?

        El Bosco mantuvo la mirada serena. Sabía que la censura no buscaba la verdad, sino el control.

        —Eminencia —respondió con voz pausada, casi susurrante—, no es el diablo quien habita en estos paneles, sino el reflejo de la locura humana que vosotros, con vuestro silencio, habéis permitido crecer. Mi obra no celebra el pecado; es un espejo. Si el espectador siente náuseas al mirar, es porque reconoce en esas criaturas su propia corrupción. No pinto al diablo para invocarlo, sino para que, al verlo, el alma cristiana se estremezca y busque la salvación en la contrición.

        Los líderes religiosos intercambiaron miradas de desconfianza. El ambiente estaba cargado de un celo inquisitorial que buscaba sangre, o al menos, la hoguera para los lienzos.

        —No sé por qué, pero no lo creo —sentenció el cardenal—. Ya decidiremos qué hacer con esa obra.

        Hieronymus hizo una leve inclinación de cabeza, aceptando el destino de su creación con una sonrisa críptica que nadie pudo descifrar. Se dio la vuelta para retirarse, sintiendo sobre su espalda el peso de las sotanas que pronto decretarían la destrucción de su visión. Sin embargo, antes de abandonar la estancia, se detuvo frente al panel del infierno, el cardenal se paró, miró con detenimiento y terminó por decir:

        —Imperdonable. Es como si el mismo Satanás estuviera cantando un triunfo.

        Cuando el pintor llegó a su casa, las palabras del cardenal le dieron una idea: tomó un pincel fino y con una destreza rayana en el frenesí, añadió unos pequeños trazos sobre las nalgas de un condenado que ya estaba siendo devorado por un monstruo. No era un simple detalle; era una partitura completa. Un canto irónico, un himno oculto de burla que permanecería invisible para los ojos piadosos de la Iglesia.

Las doncellas de la muerte

 


N.U.L. (105)

        El aire en la tienda de campaña era pesado, denso con el olor a cuero húmedo, sudor y el hierro metálico de la sangre seca. Astrid, la jarl que había conducido a sus hombres a través de los tormentosos mares del Norte, estaba sentada sobre un cofre de roble, apretando los dientes. La herida en su costado, un tajo profundo que le habían asestado el día anterior durante la escaramuza en la orilla, palpitaba con un fuego blanco.

        Dos de sus capitanes, guerreros curtidos por mil batallas y cubiertos de cicatrices, se interpusieron entre ella y la salida. Sus rostros reflejaban una mezcla de lealtad desesperada y miedo contenido.

        —No volverás a la línea, Astrid —dijo Bjorn, su segundo al mando, con voz firme pero temblorosa—. La sangre ya te tiñe el cuero. Si te mueves, morirás antes de que el acero enemigo toque tu piel. Los hombres necesitan a su jarl viva, no convertida en una saga de mártires.

        Astrid soltó una carcajada amarga que se convirtió en una mueca de dolor. Se puso en pie, tambaleándose por un instante, mientras la herida gritaba bajo sus vendajes. Con un movimiento rápido, ignorando el aviso de sus hombres, extendió la mano hacia su espada, Rompehielos. El acero, frío y centenario, se deslizó de la vaina con un susurro letal.

        —¿Creéis que me habéis visto luchar de verdad? —la voz de Astrid resonó, clara y afilada, silenciando el murmullo de los guerreros que aguardaban afuera—. ¿Creéis que un corte en la piel es suficiente para encadenar a una hija de Odín? Quien quiera frenarme, que dé un paso al frente y lo intente. ¡Que se pruebe contra el filo que ha marcado el destino de todos vosotros!

        Los capitanes retrocedieron un paso, intimidados no por la fuerza física, sino por la furia indomable que emanaba de sus ojos, una luz que parecía haber sido robada a las auroras boreales. Astrid caminó hacia la entrada, dejando un rastro de gotas carmesíes sobre la tierra batida. Al salir a la luz grisácea del amanecer, donde su ejército aguardaba en silencio, alzó la espada hacia el cielo plomizo. La punta del arma cortó el viento con precisión.

        —¡Juro por la lanza de Odín y por su ojo que todo lo ve! —rugió, y su voz alcanzó los oídos de cada hombre en la colina—. ¡Que ningún enemigo regresará al Valhalla esta tarde si no es arrastrado por mi mano! ¡Si la muerte viene a buscarme, me encontrará de pie, liderando la carga, pues prefiero que mi sangre riegue el campo de batalla a veros caer desde la seguridad de esta tienda!

        Con un grito de guerra que hizo temblar los escudos, Astrid comenzó a caminar hacia el frente, ignorando el dolor. Los hombres, sobrecogidos por su determinación, desenvainaron al unísono, siguiendo a su líder hacia el abismo.

La muerte del libro

 


N.U.L. (105)

        El polvo flotaba en los rayos de sol que se colaban por el escaparate, bailando como partículas de tiempo suspendidas en la penumbra de la librería. Julián, con las manos temblorosas y los nudillos cubiertos de manchas de vejez, deslizó el ejemplar sobre el mostrador de madera carcomida. Tenía la piel tan fina que parecía papel de seda, casi tan frágil como las páginas que durante décadas habían sido su única compañía.

        Elena, una mujer de treinta años con el brillo de la vida aún intacto en los ojos, deslizó la tarjeta de crédito. Antes de concretar la transacción, acercó el tomo a su rostro y cerró los ojos, aspirando profundamente.

        —Es increíble —dijo con una sonrisa nostálgica—. Me encanta cómo huelen los libros viejos. Ese aroma tan dulce, tan cálido... me recuerda inevitablemente a la vainilla. Es como si el tiempo le diera al papel un perfume que la tecnología nunca podrá imitar.

        Julián levantó la vista. Sus ojos, nublados por el cansancio de ochenta inviernos, se clavaron en ella con una intensidad que incomodó a la joven. Él no sonrió. El silencio se espesó, cargándose de una gravedad inusual.

        —No es vainilla, hija —dijo él, con una voz que sonaba como el crujido de hojas secas—. Ese aroma es el mismo que desprende la gente muy mayor, la que ya ha pasado su tiempo. Olemos a muerte. Lo que tú estás oliendo ahora mismo en ese libro es la muerte que ya se acerca, el olor del final que se aferra a las cosas que están a punto de desaparecer.

        Elena soltó una risita nerviosa, tratando de aligerar la atmósfera, aunque un escalofrío le recorrió la espalda.

        —Señor Julián, no sea tan dramático —respondió ella, intentando sonar amable—. Supongo que es natural que el paso de los años le haga reflexionar sobre esas cosas, a su edad es normal que sienta que el tiempo aprieta, pero el libro solo es un objeto antiguo.

        El viejo librero cerró la caja registradora con un golpe seco. La miró fijamente, con una serenidad absoluta, casi gélida.

        —Cree que hablo solo por mi edad, porque ve mis arrugas y mis manos cansadas —susurró él, arrastrando las palabras—. Pero no se equivoque. Yo no hablaba solo por mí. Hablaba también por el libro. Cuando algo deja de vivir, cuando el papel se descompone y el espíritu se agota, ambos empezamos a oler exactamente igual.

        Elena dejó el dinero sobre el mostrador, con la mano ligeramente temblorosa, y salió a la calle sin mirar atrás, sintiendo que el dulce aroma que antes le reconfortaba ahora se había vuelto, de pronto, profundamente triste.

Los juegos del hambre

 


N.U.L. (104)

        El auditorio del Palacio de Congresos estaba abarrotado. Marcus Thorne, el editor más influyente de la última década, se ajustó la corbata y miró a la audiencia con una sonrisa radiante.

        Los Juegos del Hambre no son solo un éxito de ventas —proclamó con voz vibrante—, son el pináculo de la originalidad. Es una obra maestra que disecciona la crueldad del poder y la resistencia humana con una frescura sin precedentes. Jóvenes escritores, si quieren emerger en este mercado saturado, aprendan de esta audacia. Lean este libro y comprendan que la verdadera innovación surge de romper con lo establecido, de crear mundos donde el destino de los inocentes se decide en la arena. ¡Esa es la semilla de la literatura que perdura!

        Thorne se detuvo, disfrutando de los aplausos, cuando una figura se levantó en la quinta fila. Era un hombre mayor, de mirada afilada y postura impecable.

        —Si me permite, señor Thorne —dijo el desconocido con una voz que silenció la sala—. Es fascinante lo que dice. La narrativa que usted describe es, efectivamente, brillante. Hablamos de un reino sumido en un tributo sangriento, donde jóvenes son enviados a un laberinto diseñado como una prisión mortal. Un héroe surge de entre los olvidados, decidido a desafiar a una bestia que devora la esperanza de su pueblo. Es una trama donde el sacrificio personal se convierte en un arma política contra un gobernante tiránico, encerrado en su propio palacio, indiferente al sufrimiento de los distritos que lo mantienen en el poder. Es una premisa impecable para una historia de supervivencia.

        Thorne, encantado, asintió vigorosamente mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo de seda.

        —¡Exactamente! ¡Eso es precisamente a lo que me refiero! Es una estructura perfecta, cargada de una tensión emocional que pocos logran capturar. Le agradezco enormemente sus palabras; ha descrito la esencia de lo que hace que una historia sea universal y necesaria. Me alegra ver que hay lectores que comprenden la genialidad detrás de una narrativa tan pura.

        El hombre levantó una mano, deteniendo el discurso del editor. No se sentó.

        —Señor Thorne, me temo que no me ha dejado terminar. Lo que acabo de narrar no es la sinopsis de Los Juegos del Hambre. Es el mito de Teseo y el Minotauro. Usted acaba de alabar como una innovación moderna una estructura que tiene miles de años. Lo que usted llama «originalidad» es, en realidad, una copia de una copia. El laberinto, el tributo forzado, la bestia y el hilo de Ariadna ya estaban escritos cuando el mundo era mucho más joven. Quizás, antes de pedir a los jóvenes que imiten esto, debería recordarles que la verdadera literatura empieza por conocer la historia que nos precede.

¿Puede un cuadro matar?

 


N.U.L. (103)

        El estudio de Iliá Repin, en el gélido San Petersburgo, se había transformado en una cámara de horrores. El lienzo, Iván el Terrible y su hijo, no era ya una obra maestra, sino un verdugo en reposo. Para el pintor, la pintura se había convertido en un susurro constante que le filtraba la cordura.

        —La sangre llama a la sangre, Iliá —ordenaba la voz del zar, una voz que emanaba de los pigmentos rojos cuando la luz de la luna golpeaba el marco.

        Iliá, atrapado en una pesadilla lúcida, comenzó a sufrir crisis de amnesia. La primera vez ocurrió una tarde de otoño; su hijo pequeño entró en el taller con un dibujo infantil. Iliá lo recordó después, de pie sobre el niño, con el estilete de limpiar pinceles apretado en el puño, mientras sus ojos, nublados por el trance, solo veían el rostro pálido del heredero del zar. Solo el sonido de un cristal roto lo despertó de aquel abismo.

        La segunda vez, el horror fue más cercano. El cuadro le exigía una simetría cruel: el zar había matado a su hijo, y la historia debía ser replicada para alcanzar la perfección estética. Iliá fue hallado por su esposa en la penumbra del estudio, con la hoja del puñal rozando el cuello de su hijo, quien dormía ajeno al peligro. El pintor no reconocía a su vástago; para él, estaba frente a una figura histórica que debía ser sacrificada en el altar del arte.

        La tercera vez, la más aterradora, ocurrió en la víspera de entregar la obra. Iliá se despertó en la cocina, con el puñal en la mano y el corazón latiéndole como un pájaro enjaulado. Frente a él, su hijo lloraba, refugiado bajo la mesa. El pintor miró el cuadro en el salón y comprendió que el zar no estaba mirando a su hijo en la tela; estaba mirando a través de él.

        Aterrorizado por la oscuridad que habitaba en sus propias manos, Iliá comprendió que él era solo un títere. Si no se libraba de aquella influencia, la cuarta vez no despertaría del trance. Regalar el cuadro a un coleccionista fue su único acto de cordura.

        Meses después, al leer en el periódico sobre la muerte violenta del nuevo dueño del lienzo, Iliá no sintió lástima. Sintió un alivio gélido. Sabía que la maldición seguía viva, buscando una nueva voluntad a la cual encadenar, pero, por primera vez en años, el silencio en su estudio era absoluto y, lo más importante, su hijo estaba a salvo. Aun así, cada vez que cerraba los ojos, el pintor sentía la fría caricia del puñal, esperando a que su mano volviera a ser, por fin, el instrumento del zar.

¡Danzad, danzad, malditos!

 


N.U.L. (102)

        El aire en Estrasburgo no era aire; era una neblina densa de azufre y miedo. Hans Troffea no veía a su esposa bailar; él veía cómo el Maligno, disfrazado de una coreografía impía, le robaba el alma. Todo empezó cuando Frau, tras rezar desesperadamente ante la imagen de San Vito, regresó del altar con los ojos vueltos hacia el cielo, como si algo invisible le estuviera arrancando la voluntad de los huesos.

        "¡Es el castigo!", gritaban los ancianos en la plaza, mientras Frau, con los pies desollados y los tendones saltando bajo la piel, giraba sin descanso. Hans la observaba desde el rincón de la casa, aterrado. Sabía que si la tocaba, la maldición saltaría hacia él como una pulga infectada. La superstición dictaba que aquel baile era una danza de expiación impuesta por el santo, una purga divina para una ciudad pecadora.

        La plaza se convirtió en un altar de sacrificios. No eran músicos quienes tocaban, eran demonios camuflados que, bajo la orden de los ediles, marcaban un compás infernal. Hans, escondido tras los pilares de la catedral, veía cómo Frau y otros cuatrocientos desdichados se contorsionaban. No bailaban por placer; sus cuerpos eran marionetas cuyos hilos tiraba una fuerza arcana. Los veía desangrarse, convencido de que cada gota que tocaba el suelo era una ofrenda a las sombras.

        Cuando la fatiga vencía a alguno, los demás no lo auxiliaban; lo pisoteaban en su giro interminable, como si el propio ritmo exigiera carne nueva. Hans vio a Frau detenerse un instante. Su rostro, antes dulce, estaba ahora poseído por una mueca de terror sagrado. Sus labios murmuraban oraciones en lenguas que no pertenecían a ningún hombre. Él intentó acercarse con un crucifijo, pero ella le lanzó una mirada que contenía el frío de la tumba. Un segundo después, se desplomó como una vela que se apaga, y su espíritu pareció abandonar aquel cuerpo roto en una bocanada de humo negro.

        Al caer ella, cayeron docenas más, como si la muerte fuera una reacción en cadena. El silencio que siguió no fue paz; fue la confirmación del horror. Hans caminó entre los cadáveres calientes, sintiendo que la sombra de la superstición se cerraba sobre Estrasburgo como una mortaja. Comprendió que aquellos cuatrocientos no habían muerto por una enfermedad de la carne, sino porque el cielo había decidido cobrarse su tributo. Al regresar a su hogar, Hans no buscó consuelo, sino un cuchillo para marcar las puertas con cruces, temiendo que, tras la danza, lo que fuera que habitaba en el baile regresara por los que aún respiraban.

El día de los enamorados

 


N.U.L. (101)

        El abuelo, cuyas manos parecían mapas de cartón piedra, miraba a través de la ventana cómo el invierno se deshilachaba. Tenía veintitrés años, pero en ese momento el nieto se sentía un niño que todavía creía en las fábulas de las enciclopedias.

        —Dicen que el catorce de febrero —comentó el joven, hojeando distraído un folleto publicitario—, hasta los pájaros más huraños encuentran pareja. Es una fecha marcada en la naturaleza, ¿no crees? Una especie de rito biológico que Chaucer ya dejó escrito hace siglos con su amor cortés.

        El anciano soltó una carcajada seca, que sonó como el crujido de un mueble antiguo al ser movido. Se giró lentamente, arrastrando los pies con un esfuerzo que denunciaba el peso de sus ochenta inviernos.

        —Chaucer —dijo el abuelo, pronunciando el nombre como si fuera un insulto—. Ese fue el verdadero malhechor. Imagínate a un hombre sentado en su escritorio, viendo cómo la gente se amaba de manera sencilla, sin más complicaciones que el hambre o el frío, y pensando: «Esto es un desperdicio comercial».

        El nieto frunció el ceño. —Pero Chaucer glorificó el sentimiento, abuelo. Lo elevó por encima de la carne.

        —Lo que hizo fue inventarse una jaula de oro y venderle la llave a quien pudiera pagarla —respondió el anciano, señalando el folleto con un dedo tembloroso—. El amor, tal y como lo entendemos hoy, ese torbellino de expectativas que te obliga a comprar tarjetas, flores y libros de poemas para demostrar que eres digno de ser querido, no existe. Es una arquitectura mental, una invención que nos ha hecho un daño atroz. Antes de Chaucer, la gente se acompañaba; después de él, la gente se exige.

        El abuelo se acercó al joven y le puso una mano en el hombro. Su voz bajó de volumen, tornándose peligrosamente lúcida.

        —Nos enseñaron a amar mediante el consumo, a convertir el afecto en un mercado donde siempre falta algo. Por eso hoy sufrimos tanto, nieto. Sufres porque esperas que alguien cumpla con el guion que ese poeta medieval escribió para vender más pergaminos. Nos condenó a buscar una perfección que no existe en el lenguaje, sino en el precio de lo que regalamos. Chaucer no nos dio el amor; nos dio la enfermedad del desamor, y desde entonces, todos estamos intentando curarnos de algo que él mismo se inventó para llenar sus arcas, condenándonos a una infelicidad perpetua que nadie sabe cómo dejar de alimentar.

        El nieto se quedó en silencio, mirando la fecha en el calendario. De repente, aquel día catorce le pareció el recordatorio de una estafa milenaria.

Nombres robados - JUAN VICENTE PIQUERAS

       VÍDEO Nº 74

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube




Mi padre fue perdiendo poco a poco el lenguaje.
Y empezó por los nombres. Lo primero
que olvidó su cerebro no fueron los adverbios
ni los pronombres no los adjetivos,
como uno estaría tentado de creer,
ni las motas de polvo de las preposiciones,
sino los sustantivos.

La manzana dejó de ser manzana,
el vaso pasó a ser eso,
y quienes se acercaban dejaban de llamarse.

La muerte comenzó su labor minuciosa
robándole los nombres,
borrándolos, poniendo
en su lugar un esto o un aquello,
un dame, un balbuceo, un gesto de la mano.

Lo último que se pierde son los verbos,
los verbos que se mueven en la sangre
como peces hasta que acaba el mundo,
hasta que ya no puede el cuerpo con su alma.

Los adjetivos son afectuosos,
visten de amor lo que miran
y por eso perviven.

Pero los nombres se esfuman.
Y la sustancia de los sustantivos
es agua de borrajas, niebla, torres de humo.

La manzana deja de ser manzana.
La palabra dolor,
quién nos lo hubiera dicho,
no significa nada.

Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

Yo te lo pregunto LAURA SAM

       VÍDEO Nº 73

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube




¿Que si me ha gustado tu poema?
Tu poema es una mierda.
La cosa no es la poesía
el problema
el problema es el poema.
 
Porque…¿quién sabe que es poesía?
 
yo te lo pregunto
yo te lo pregunto
 
¿qué es poesía?
tu poema no.
 
Tu poema es el enemigo
tu poema mata la poesía
desde la trinchera
agachao y con piedras
tú quieres ganar
tú quieres matar sin morir
mientras piden clemencia en campo abierto
la idea    el talento    la inteligencia
joder    la elegancia
que puede ser solemne   rica    experimental   
graciosa    diversa    vistosa
pero no esa cosa que llamas poema.
 
Te tendría que dar vergüenza matar así un verso
desde una fosa
hacer falsa la rosa
convertir en cursi el beso
que es como dolerse en otra boca
mientras se toca al mismo tiempo
el corazón por dentro.
 
Tu poema es basura
recorte de periódico    tono mediático
rima fácil    un micro y un aplauso
veo falso lo excelso
quiere ser trágico
 
lloro por dentro
lloro por dentro
 
tu poema tantea lo cómico
pero no tiene ni puta gracia tu poema
busca el like tu fake
fast food de take away to throw away
me lo como con patatas tu poema
es un efecto especial
todo croma    todo humo
una cama recién hecha    muy bonita
pero incómoda y estrecha
en esa cama yo me follo a tu poema
y me deja insatisfecha.
 
Joder    perdón
pero es que
tu poema es el peor poema de la historia de los poemas
es una flema de un dios enfermo
me duermo con tu poema
me cabe el sueño de medio mundo en tu poema
qué digo
me cabe el sueño de cada cuerpo celeste
de toda materia cósmica de la unidad del universo
a toda la jodida galaxia y a cada ser viviente
que habita en ella por atracción gravitatoria
le da sueño tu poema.
 
En realidad me da pena
porque hay gente a la que realmente le encanta tu poema
que cada palo aguante su 
gente que te dice
qué bueno tu poema
qué intenso
que prestoso
 
enhorabuena
 
pero qué barato tu poema
qué fácil    qué dócil
qué trozo de mierda con letras
 
¿qué es poesía?
yo te lo pregunto
yo te lo pregunto
 
tú no te lo preguntas
porque tu poema es corta y pega
por favor
control zeta control zeta al corta y pega
qué bien escribes te dijo un colega
pero nadie te dijo que leyeras
porque tu poema es infumable.
 
Ey
no pienses que creo que el mío es sublime
yo solo intento    yo solo intento
no quedarme en el tiento    en lo fácil
que la tinta me cante
que me mate tu puto poema si no siento
cada mar en su orilla
cada hilo de sal que llevo de sol
amarillo en la vena
 
sin pelo de tonta
con pinta de loser    te digo
esto solo es el teaser
espera el vapor de mi géiser
espera que me bajo del burro si me ponen un carro
me tiro al barro con todo
me tiro al barro y me parto
 
porque de verdad que me la pela tu poema
 
como una estancia sin luz
sin sustancia
una cruz
un lienzo velado
 
tu poema me deprime
y ahora por favor dime
 
a ti el mío
 
¿te ha gustado?

Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

Pocantico River en el cementerio de Sleepy Hollow HILARIO BARRERO

       VÍDEO Nº 72

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube




Pasa junto a las tumbas sin rozarlas,
sin despertar a los que duermen.
Pasa deprisa, no sabe todavía lo que es llegar al mar.
Lleno de peces, algas y guijarros,
filtra el temblor del agua entre huesos, ceniza y abandono.
Ignorante, es joven y es feliz, no detiene su marcha, no se calla.
No observa si alguien llora o coloca unas flores
o dobla una bandera y la abraza como si fuera un hijo.
Él sigue su camino arrogante y soberbio
sin comprender del todo lo que es el afluente.
La vida y la corriente lo domarán. Le enseñarán,
en medio del camino, que alguien lo está esperando.
Le adolerán las algas. Sentirá que la orilla se separa de él.
Se escurrirán los peces de su anzuelo de agua y tendrá sed de arena.
Cercano al fin querrá volver atrás y agachar la cabeza
como hacía de niño al pasar por el puente de troncos.
Pero ya no podrá.
Su recta es una curva.
Unas manos de sal y de sargazos
lo arrastrarán hasta fundir su cuerpo en el vasto océano de la muerte
y el mar será su tumba.

Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

Cositas SALVADOR DALÍ

       VÍDEO Nº 71

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube




           Estoy contento, estoy contento, estoy contento, estoy contento,
Estoy contento, estoy contento, estoy contento, estoy contento,
Estoy contento, estoy contento

Hay una cosita mona que nos mira sonrriendo mi amiga tiene la
mano de corcho y llena de puntas de París.
Mi amiga tiene las rodillas de humo
El azúcar se disueve en el agua, se tiñe con la sangre, y salta como una
pulga.
Mi amiga tiene ahun un reloj de pulsera de macilla.
Los dos pechos de mi amiga el uno es un suavevisimo avispero y el
otro una calma gorota.
Los pequeños erizos, los pequeños herizos, los pequeños erizos, los
pequeños herizos, los pequeños erizo, los pequeños herizos
Los pequeños erizos, pinchan
El ojo de la perdiz es encarnado.
           Cositas, cositas, cositas, cositas, cositas
Cositas, cositas, cositas, cositas, cositas
Cositas, cositas, cositas, cositas, cositas
Cositas, cositas, cositas, cositas, cositas
Cositas, cositas, cositas, cositas, cositas

Hay cositas quietas, como un pan

Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

Cuando El Bosco hizo caso a Satanás.

  N.U.L. (106)           La sala del consejo de la catedral estaba sumida en una penumbra opresiva, apenas interrumpida por el parpadeo de l...