jueves, 2 de julio de 2026

El nacimiento de Frankenstein

 


N.U.L. (64)

        El sol de junio de 1816 no era más que una pálida moneda de plata, un espejismo enfermizo que se ahogaba tras un velo de ceniza volcánica. En las tierras altas de Nueva Inglaterra, los granjeros salían de sus casas con el aliento helado, observando con estupor cómo sus campos de maíz, apenas brotados, se rendían ante una escarcha cruel que llegaba a mediodía.

        —Se nos acaba el tiempo, Martha —murmuró Jedediah, ajustándose el abrigo de lana raída mientras veía los pájaros caer, rígidos y muertos, sobre la nieve que se negaba a derretirse—. Las estaciones han roto su pacto con nosotros. Dios nos ha dado la espalda y ha cerrado las puertas del cielo.

        En el pueblo, el ambiente era de una gravedad religiosa. Los domingos, las iglesias no daban abasto; hombres curtidos por el arado se arrodillaban, sollozando, convencidos de que las trompetas del Apocalipsis estaban a punto de sonar tras aquella neblina perpetua. La gente compraba velas como si la luz del sol fuera un recuerdo que no volvería jamás. El frío no era solo un fenómeno atmosférico; era una entidad que se infiltraba en los huesos y en las conciencias, dictando que el fin de todas las cosas no vendría por fuego, sino por un silencio gélido y gris.

        Pero, a miles de kilómetros, en la Villa Diodati, frente al lago de Ginebra, ese mismo invierno sin fin empujaba a un grupo de jóvenes a los límites de su propia cordura. Mary Shelley, apenas una muchacha con la mirada cargada de relámpagos literarios, observaba la lluvia incesante que azotaba los ventanales. El aire en la villa era denso, saturado por el humo de la chimenea y la electricidad de conversaciones febriles.

        —La oscuridad es más que la ausencia de luz —dijo ella, mirando a Lord Byron, cuya pluma rasgaba el papel con furia—. Es un lienzo en blanco para los espectros que nacen cuando el hombre tiene miedo.

        —Si el verano se ha negado a venir —respondió Byron, ofreciéndole una copa de vino con una sonrisa cínica—, entonces tendremos que invocar nuestros propios demonios para calentarnos.

        Fue en ese encierro, mientras el mundo exterior se convulsionaba en hambrunas y supersticiones, cuando Mary tomó la pluma. La ceniza del volcán Tambora, esparcida por todo el globo, había creado el escenario perfecto para que la realidad y el mito se fundieran. De aquel encierro forzado, de aquel miedo colectivo a que el mundo se hubiera apagado, nació el moderno Prometeo. Mientras el mundo creía morir, Mary le dio vida a un monstruo que, a diferencia del verano de 1816, nunca moriría.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Cuando El Bosco hizo caso a Satanás.

  N.U.L. (106)           La sala del consejo de la catedral estaba sumida en una penumbra opresiva, apenas interrumpida por el parpadeo de l...