N.U.L. (90)
La lluvia golpeaba los ventanales de Villa Diodati como si el lago de Ginebra intentara entrar para purgar la decadencia que se acumulaba en el salón. Adentro, el aire estaba saturado de láudano, vapores de tabaco y una tensión eléctrica que parecía una prolongación de la tormenta.
Jefferson Hogg observaba la escena desde un rincón, con la mirada de un entomólogo que disecciona un insecto raro. Para él, aquello era un experimento de laboratorio moral. En esa casa, la fidelidad no era un contrato, sino una reliquia de un mundo burgués que todos habían decidido enterrar.
—La moral es un corsé para cuerpos atrofiados, ¿no crees, Percy? —dijo Byron, recostado sobre un diván, con esa elegancia felina que lo hacía parecer siempre el centro de la gravedad del universo.
Percy Shelley, pálido y febril, asintió, aunque sus ojos buscaban nerviosos a Mary, que permanecía sentada en el suelo, con el cuaderno de notas sobre las rodillas. Mary no escribía; observaba. Veía cómo Byron consumía el oxígeno de la habitación, devorando la atención de Percy mientras, con un giro de desdén, empujaba a Claire Clairmont al margen de la luz.
Claire, con el peso de un hijo de Byron creciendo en sus entrañas —un secreto que apenas lograba sostener bajo el peso de la humillación—, miraba a Percy con una desesperación que se confundía con la adoración. Todos eran hilos de una misma madeja enredada. Se sospechaba que entre Percy y Claire existía una complicidad que rozaba la traición, una red de afectos que Byron, en su papel de agujero negro emocional, distorsionaba sin esfuerzo.
—Te alimentas de nosotros, Lord Byron —murmuró Mary, y su voz, aunque baja, cortó el murmullo de la lluvia.
Byron arqueó una ceja, esa sonrisa "atractiva, mala y peligrosa de conocer" floreciendo en sus labios.
—Me alimento de la vida, Mary. Lo que sea que suceda después, cuando los cuerpos se mezclan y las lealtades se evaporan, es solo literatura.
—Es crueldad —respondió ella, sin miedo.
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