N.U.L. (74)
Observa a ese tipo que ha entrado en la cafetería. Parece que mezcla la urgencia con el desdén.. Parece que ha decidido, unilateralmente, que su vida es una performance. Se acerca a la barra, despliega el iPad —no es una tableta, por Dios, es un iPad— y, antes de que el camarero pueda articular un simple "¿qué le pongo?", suelta el primer espasmo:
—Necesito un late de avena, pero que el foaming esté perfectamente balanced. Tengo un meeting en diez minutos y mi schedule está absolutamente collapsed.
Lo dice con esa cadencia impostada, como si estuviera traduciendo simultáneamente una película de serie B desde un cerebro que ya no le pertenece. El camarero, un tipo con los ojos hundidos por el peso de la realidad, le sirve el líquido humeante. El sujeto no da las gracias; las gracias son de pobres. Él lanza un thanks seco, casi un gruñido, y se retira a una mesa para empezar a teclear con una furia de ejecutivo de Wall Street atrapado en un polígono industrial de las afueras.
Es fascinante observar este fenómeno desde la mesa contigua. Este sujeto no habla; él "gestiona su branding". Si se equivoca, no comete un error, sino un fail. Si está cansado, no siente fatiga, sino burnout. Hay algo profundamente patético en este empeño por colonizar el lenguaje materno con anglicismos baratos, como si al adoptar esos vocablos sintiera que el techo de su piso alquilado se eleva hasta las alturas de un rascacielos neoyorquino. Es una forma de autismo social: el sujeto cree que, al pronunciar deadline en lugar de plazo, el tiempo se detiene a obedecer sus órdenes, cuando en realidad solo está añadiendo una capa más de cemento al muro que le separa de la autenticidad.
Lo que no comprende, mientras sorbe su late con el meñique ligeramente estirado, es que su vocabulario de importación es su cárcel. Al desterrar las palabras de siempre, las que huelen a tierra, a infancia y a verdad, se ha dejado a sí mismo sin herramientas para describir la tristeza de su propia existencia. Ya no puede decir "me siento solo", porque eso sonaría demasiado humano, demasiado vulnerable; prefiere decir que se siente disconnected, una palabra que suena a cable desenchufado, a aparato averiado.
Sale del local con la misma prisa coreografiada. Se marcha dejando tras de sí un vacío que ni siquiera un coaching intensivo podría llenar. Pobre hombre, pienso mientras observo su espalda alejarse: ha conseguido vivir en un país extranjero sin haber salido nunca de su propia estupidez.
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