N.U.L. (80)
El viento de Tordesillas, cargado de la humedad del río Duero, no lograba enfriar la fiebre que consumía a Juana. Tras los muros de piedra de su encierro, la antigua reina de Castilla observaba cómo sus carceleros, convertidos en sombras de sus captores, susurraban en los pasillos.
Fernando, su padre, aquel hombre de astucia inabarcable, y Felipe, su esposo, el flamenco de los ojos gélidos, habían convertido su vida en una partida de ajedrez donde ella no era la jugadora, sino el tablero sobre el que se disputaban un reino.
—Majestad, vuestra dieta debe ser estricta hoy —anunció Hernán, el capitán de la guardia, cuyos ojos esquivaban la mirada de la reina con una mezcla de temor y servidumbre—. Son órdenes directas de vuestro señor padre.
Juana se levantó de su silla tallada, su figura, envuelta en telas negras que ocultaban el luto de una vida entera, parecía absorber la luz de la estancia.
—¿Mi padre ordena? —preguntó ella, con una voz que, a pesar de los años, conservaba la firmeza del trono—. ¿O es que el Rey Católico teme que, si como de más, mis fuerzas regresen lo suficiente para reclamar lo que es mío? Sabed, Hernán, que vuestro silencio es el cómplice más fiel de esta conspiración.
El capitán bajó la cabeza, apretando la empuñadura de su espada.
—No hay conspiración, señora. Solo buscamos el sosiego de vuestra salud.
—¡Mentira! —exclamó ella, caminando hacia la ventana que miraba hacia los campos dorados de Castilla—. Tanto Fernando como Felipe temen la misma verdad: que mi locura no es más que el diagnóstico conveniente para quienes no pueden gobernar con una reina legítima frente a sus ojos. Felipe buscaba mi oro y mi corona; mi padre busca el poder que solo yo puedo otorgarle al morir o al enloquecer definitivamente. Me han robado el marido, me han robado a mis hijos y me han encerrado en esta jaula de piedra, pero jamás podrán robarme la certeza de mi linaje.
Hernán retrocedió, turbado por la lucidez con la que Juana diseccionaba sus ambiciones.
—Si me dejáis salir, el pueblo sabrá que la reina de Castilla no está muerta —continuó Juana, acercándose a él, obligándole a retroceder—. ¿Cuántos ducados os han prometido para mantener este engaño? ¿Es vuestra lealtad tan barata como el precio de mis manteles?
—Mi deber es con el orden del reino, señora —respondió él, con voz trémula—. El rey Fernando dice...
—El rey Fernando dice lo que le conviene para asegurar su cetro —interrumpió ella con un deje de amargura—. Pero cuando la historia escriba este capítulo, los nombres de quienes se repartieron mi vida serán grabados en la infamia. Ellos me han declarado loca porque es la única forma de ocultar que, en realidad, les aterra lo que una reina justa podría hacer con su poder.
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