jueves, 2 de julio de 2026

La condesa sangrienta

 


N.U.L. (62)

        La niebla del castillo de Csejte no era simplemente vapor de agua; era un velo espeso, cargado con el aliento de los siglos y el eco de los lamentos que nunca abandonaron sus muros. Erzsébet Báthory, la mujer cuya belleza era un desafío a la misma naturaleza, observaba su reflejo en el espejo de plata. A sus cincuenta años, su piel conservaba la tersura de una doncella de dieciséis, una tiranía estética que exigía un tributo inconfesable.

        —Dime, Dorottya —susurró con una voz que era como el roce de la seda sobre piedra fría—, ¿notaste hoy una línea bajo mis ojos? ¿Un indicio de que el tiempo se atreve a reclamarme?

        La sirvienta, con las manos temblorosas y los párpados bajos, evitó mirar la bañera que humeaba en el centro de la estancia. El líquido no era agua con esencias de rosas; era espeso, metálico, de un carmesí tan oscuro que parecía casi negro bajo la luz de las velas.

        —No, mi señora —respondió la criada con un hilo de voz—. Su juventud es eterna. El don que usted posee no tiene igual en Hungría.

        Erzsébet soltó una carcajada que sonó a cristal roto. Ella sabía la verdad: la juventud no era un don, sino una cosecha. Cada doncella que cruzaba el umbral del castillo con la esperanza de un servicio digno terminaba siendo una gota más en el elixir de su supervivencia. La condesa se despojó de sus ropajes de terciopelo, dejando que su cuerpo, intacto por los estragos de la vida, se sumergiera en el baño prohibido. El calor de la sangre, aún tibia por la vida recién extinguida, envolvía sus poros, prometiéndole que el alba no traería arrugas, sino un nuevo día de poder absoluto.

        —La gente habla en el pueblo —continuó ella, mientras el líquido escarlata se adhería a su piel como un manto—. Dicen que soy un monstruo. ¿Qué saben ellos de la belleza? Para ellos, el tiempo es una sentencia de muerte. Para mí, es solo una cuestión de logística.

        En los sótanos, el silencio era absoluto, roto apenas por el goteo constante de las vigas. Erzsébet no se consideraba una asesina, sino una alquimista que destilaba la esencia de la vida ajena para mantener su propio pedestal. Había nacido entre el poder y la sangre; para ella, la diferencia entre una noble y una plebeya era tan tenue como la membrana que separaba la piel de la muerte.

        Cuando finalmente salió de la tina, se envolvió en seda blanca. Su piel resplandecía, impecable, alimentada por el sacrificio de quienes creían que su destino era servirla. En el espejo, la condesa volvió a sonreír. El mundo exterior empezaba a murmurar, los rumores de desapariciones crecían como una marea, pero ella, envuelta en su propia invencibilidad, solo esperaba la próxima luna. Al fin y al cabo, el tiempo es un enemigo que siempre puede ser vencido si se tiene suficiente sangre para derramar.

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