N.U.L. (69)
El mármol de Roma no solo servía para erigir estatuas de emperadores; también servía para silenciar. Augusto, el hombre que convirtió la República en un teatro de sombras, tenía una obsesión enfermiza con el orden, y en su tablero de ajedrez, las palabras eran piezas que debían moverse según su voluntad. Fue entonces cuando Ovidio, el poeta que se atrevió a escribir sobre la metamorfosis, cometió el error imperdonable: describir el cambio no como un capricho divino, sino como la naturaleza misma de la vida.
Ovidio fue desterrado a las costas salvajes del Mar Negro, a los confines de un imperio que lo consideraba un virus. Su Ars Amatoria, con sus lecciones sobre el deseo y la libertad de amar más allá de los dictados del Estado, fue quemada en las plazas públicas. Augusto pensó que, al arrancar la lengua del poeta, el concepto mismo de libertad moriría con él.
Pero las palabras tienen una terquedad biológica que el acero no puede destruir.
Dos milenios después, en una biblioteca atestada de polvo y sombras, un joven abogado hurgaba en los estantes prohibidos. El aire olía a cuero viejo y a la resaca de siglos de censura. Abrió un ejemplar deshilachado de Las Metamorfosis. Sus dedos se detuvieron en un pasaje sobre la libertad de la mente, esa capacidad humana de ser fluido, de cambiar de forma, de rechazar las etiquetas que el poder intenta estampar sobre la frente del ciudadano.
—No se trata de poesía —murmuró el abogado, sintiendo cómo el eco de la voz del poeta exiliado vibraba en el silencio de la sala—. Se trata de un tratado de resistencia.
Aquel mismo día, en la Corte Suprema, una ley intentaba imponer mordazas sobre la prensa, argumentando que la "estabilidad del Estado" prevalecía sobre cualquier opinión disidente. El abogado, armado únicamente con el verso de un muerto, subió al estrado. Citó a Ovidio, no para recitar versos, sino para recordarles a los jueces que, cuando se prohíbe el arte, lo que realmente se encarcela es el alma de la nación.
—Si un hombre puede ser transformado por la naturaleza —argumentó, con la voz cargada de la autoridad de dos mil años—, ¿por qué permitimos que el Estado nos congele en una forma estática? La libertad de expresión es nuestra metamorfosis constante. Sin ella, estamos muertos antes de que el mármol nos cubra.
El juez escuchó atentamente al joven letrado y asintió a cada una de sus palabras. Finalmente dictó sentencia: ¡Culpable!
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