domingo, 5 de julio de 2026

¿Por qué la gente del siglo XVIII no se bañaba?

 


N.U.L. (78)

        La duquesa de Valois se abanicó con tal vigor que las plumas de avestruz de su abanico amenazaban con desprenderse. En el salón de espejos de Versalles, el aire era una masa densa, una sopa compuesta de sudor empolvado, aliento rancio y la empalagosa estela de una docena de fragancias compitiendo por el dominio del espacio.

        —Es una imprudencia, querida —susurró el barón de Saint-Cloud, acercándose lo suficiente para que su aliento, cargado de aroma a lavanda y tabaco, fuera casi visible—. He oído que la marquesa ha cometido el error de sumergirse en una bañera de agua tibia. ¡Un suicidio, lisa y llanamente!

        La duquesa se cubrió la boca con un pañuelo bordado, impregnado en una esencia de almizcle tan fuerte que los ojos le lagrimeaban.

        —¿Agua tibia? —exclamó ella, horrorizada—. ¡Qué vulgaridad! ¿Acaso no ha leído los tratados médicos? El agua no es un medio de limpieza, barón; es una puerta abierta. Al sumergirnos, abrimos los poros del cuerpo como si fueran bocas hambrientas. Y por esos poros, mi querido amigo, se deslizan los miasmas.

        —Exactamente —asintió el barón, observando con desprecio a un criado que pasaba cerca—. El aire está saturado de vapores pútridos, de efluvios invisibles que transportan la peste y la fiebre. Si uno abre los poros, invita a la enfermedad a instalarse bajo la piel. La verdadera limpieza no es física, sino química. Por eso el perfume es nuestra armadura.

        El barón extrajo un pequeño frasco de cristal de su casaca y, con una elegancia estudiada, se vertió unas gotas en el cuello y las muñecas. El aroma a violetas y ámbar se expandió, ocultando momentáneamente el olor a carne humana que, a pesar de todo, se filtraba por las pelucas y los jubones de seda.

        —Mi modisto me asegura que este nuevo perfume de Grasse es capaz de repeler cualquier aire viciado hasta en un radio de dos metros —dijo la duquesa, volviendo a usar su abanico—. Es una cuestión de defensa propia. Prefiero oler a jardín francés que arriesgarme a que la humillación de un resfriado —o algo peor— se filtre por mi epidermis.

        —¿Y el lavado? —preguntó un joven cortesano que se unía al grupo—. ¿No hay un límite para la mugre?

        La duquesa le dedicó una mirada de condescendencia glacial.

        —La suciedad es la piel del alma, joven. Lo que importa es que el exterior esté sellado por una capa de polvos de arroz y una fragancia digna de un monarca. El agua es para los peces y para los campesinos que no comprenden la delicadeza de la salud. Nosotros preferimos la sequedad de la virtud y el perfume de nuestra propia prudencia.

        En la estancia, el aire se volvió más pesado, un velo espeso de olores artificiales que intentaban, desesperadamente, imponerse sobre la naturaleza humana que bullía, oculta y acechante, bajo las sedas y el encaje.

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