jueves, 2 de julio de 2026

¿Quien no lee, ve Netflix?

 


N.U.L. (57)

        Aquel algoritmo no era un cerebro del siglo XXI; era un hábil copista con peluca y pluma de ganso.

        Martín apagó el televisor con un golpe seco del mando a distancia. En la pantalla, los créditos de la serie del momento —esa producción multimillonaria con adolescentes victorianos, música pop versionada con violines y giros de guion que hacían estallar las redes sociales— subían en un torbellino de píxeles. En su regazo, sin embargo, descansaba un volumen forrado en tela gastada, editado en París hace más de ciento cincuenta años.

        —Es idéntico, Elena —dijo Martín, mirando a su pareja con el asombro del paleontólogo que halla un hueso de dinosaurio en el jardín—. No han inventado nada. Ese gran giro del episodio seis, donde el protagonista regresa con otra identidad, rico, implacable y con un plan maestro para destruir a quienes lo traicionaron en su juventud... ¡Es Alejandro Dumas! Es Edmundo Dantés entrando en los salones de París bajo el nombre del Conde de Montecristo.

        Elena levantó la vista de su tableta, escéptica.

        —Martín, por favor, todas las historias de venganza se parecen. Ahora me vas a decir que Netflix viaja en el tiempo.

        —No viajan en el tiempo, viajan a las bibliotecas porque saben que nadie las lee —replicó él, abriendo el libro con vehemencia—. Y no es solo Dumas. ¿Esa otra serie, la de la heredera que finge desprecio por el aristócrata altivo mientras se envían cartas envenenadas de sarcasmo, para luego descubrir que él pagó en secreto las deudas de su deshonrosa familia? ¡Es Jane Austen! Es Orgullo y Prejuicio diseccionado, despojado de sus corsés de época y revestido con iluminación de neón y primeros planos dramáticos. El señor Darcy ha cambiado las patillas por un peinado de diseño, pero sus diálogos contienen el mismo ADN.

        Martín se levantó y caminó por el salón, gesticulando como si defendiera una tesis en la Sorbona.

        —Lo fascinante —continuó— no es que se inspiren en ellos, sino que nos vendan el "giro más sorprendente de la televisión moderna" cuando lleva funcionando desde el siglo XIX. Dumas inventó el cliffhanger, el gancho de final de capítulo, porque cobraba por entregas en los periódicos. Necesitaba que el lector comprara el diario al día siguiente; hoy, la plataforma necesita que no canceles la suscripción mensual.

        Elena miró la pantalla apagada y luego el viejo libro de Dumas. El brillo del televisor ya no parecía tan vanguardista. Comprendió que los grandes guionistas de California no eran genios del futuro, sino simples médiums que invocaban los fantasmas de los novelistas del pasado para alimentar a una máquina que devora historias a la velocidad de la luz.

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