N.U.L. (58)
La historia, que es una de las tantas formas de la simulación o del olvido, registra que George Gordon, sexto Barón de Byron, concibió en una tarde de bochorno veneciano el más vanidoso de los laberintos: el de su propia ausencia.
Para un hombre que había hecho de su vida una obra de teatro y de su rostro una moneda de curso legal en la imaginación de Europa, la muerte no era un término, sino el último golpe de efecto. Lord Byron consideraba que el universo era una vasta biblioteca de la cual él era el único autor legítimo; los demás —sus críticos, sus amantes, sus acreedores— no eran sino lectores imperfectos que descifraban con torpeza sus poemas.
— Fletcher —dijo el poeta, contemplando el canal donde el agua estancada parecía repetir la inmovilidad del mármol—, la inmortalidad es un tedio si uno no puede asistir a su propia consagración. Mañana anunciaremos mi fallecimiento por unas fiebres contraídas en las lagunas. Quiero ver la farsa del dolor humano desde el reverso.
El fiel criado, habituado a los caprichos de una mente que confundía los mitos griegos con la realidad cotidiana, dispuso los cirios y el falso túmulo en la penumbra del palacio. Byron, embozado en una capa de terciopelo negro, se ocultó tras los pesados cortinajes del salón, convertido en el espectador secreto de su propio desenlace.
Los visitantes no tardaron en llegar. Pasaron ante el féretro vacío poetas menores que celebraron con alivio la desaparición de su rival, mujeres que ensayaron lágrimas simétricas frente al espejo antes de consolarse con el primer joven que hallaron al salir, y editores que, antes de que el cuerpo ficticio estuviera frío, ya calculaban el precio de las obras póstumas. Nadie lloraba al hombre; todos adoraban o vendían el mito.
Desde su escondite, Byron comprendió la terrible paradoja de su estratagema. El ego, ese espejo que multiplica las desdichas, le había jugado una última broma borgeana: al fingir su muerte, no había logrado burlar al destino, sino descubrir que ya estaba muerto en la memoria de los otros. No existía George Gordon; solo existía un personaje literario que los vivos usaban para llenar sus propios vacíos. El funeral no era suyo, sino de una sombra que él mismo había proyectado sobre el siglo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario