viernes, 10 de julio de 2026

Yasuke, el samurái de origen africano

 


N.U.L. (96)

        La lluvia de Kioto, fría y persistente, obligaba a los samuráis a buscar refugio en las galerías de madera, pero Yasuke prefería la penumbra de los pasillos interiores del castillo. No era el frío lo que le empujaba a evitar las estancias iluminadas, sino la constante amenaza de las superficies pulidas. Desde que llegó a Japón, el hombre que había cruzado los océanos para ser leyenda descubrió una grieta en su propia naturaleza: su imagen no se fragmentaba en el bronce bruñido ni en el cristal que los mercaderes jesuitas habían traído como regalo para Nobunaga. Yasuke, el gigante de obsidiana, no tenía reflejo.

        Cada vez que pasaba frente a un espejo, un vacío absoluto le devolvía la mirada, una ausencia que le helaba la sangre más que cualquier invierno. ¿Era un castigo de sus ancestros por haber abandonado su tierra? ¿O era el precio de haber abrazado el código de un país que, en el fondo, siempre lo vería como un extraño? Para sobrevivir en la corte de Oda Nobunaga, Yasuke tuvo que aprender el arte de la invisibilidad. No la invisibilidad del ninja, sino la del cortesano que sabe dónde mirar y, sobre todo, dónde no hacerlo.

        Desarrolló una coreografía de la evitación. Cuando entraba en una sala, sus ojos escaneaban el espacio buscando cualquier superficie especular con la rapidez de un depredador. Aprendió a girar la cabeza un milisegundo antes, a dejar caer una manga de su kimono para ocultar un espejo de mano, o a situarse estratégicamente a espaldas de la luz. Era una angustia silenciosa, una partida de ajedrez contra su propia sombra. Si los otros samuráis descubrían que era una criatura sin rastro, una mancha vacía en la realidad, el mito del guerrero africano se desmoronaría. Lo llamarían demonio, hechicero o fantasma, y la lealtad que profesaba a Nobunaga se convertiría en sospecha.

        Una noche, mientras Nobunaga celebraba una victoria, Yasuke se vio acorralado cerca de un gran espejo de pie. La luz de las antorchas danzaba sobre la superficie, revelando a los hombres que bebían y reían, pero en el lugar donde debía estar Yasuke, solo se veía el biombo que estaba detrás de él. El vacío le devolvió un silencio atronador. Un joven cortesano se acercó, sosteniendo una copa, y por un segundo, Yasuke sintió que el mundo se detenía. El joven miró hacia el espejo, luego hacia el samurái, y volvió a mirar al espejo. La duda cruzó sus ojos. Yasuke, con una serenidad que solo nace del terror absoluto, le dedicó una inclinación tan perfecta, tan cargada de marcialidad, que el joven bajó la vista, turbado por la imponente presencia del gigante. El secreto permaneció a salvo, oculto tras la armadura y el aura de un hombre que, al no reflejarse en los espejos, era el único que podía mirar a la muerte a la cara sin ver su propio final.

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