N.U.L. (44)
Salón del trono a rebosar, vestidos de gala, cotilleos palaciegos y un calor de justicia. En esto, el ujier de palacio, con voz engolada y aburrida, anuncia la llegada de un personaje habitual:
—¡Don Gil Imón de la Mota y sus hijas!
Silencio en la sala. Las miradas se cruzaron y los abanicos empezaron a echar humo. Don Gil era un alto cargo del Consejo de Hacienda, un hombre recto pero sumamente insípido. ¿Su gran drama? Tenía dos hijas que, según las malas lenguas de la época, no eran precisamente las más agraciadas ni espabiladas de la villa.
Don Gil, obsesionado con casarlas bien, se paseaba por cada fiesta, recepción y sarao madrileño llevando a las jóvenes del brazo. Era una estampa fija. El hombre entraba con el pecho henchido, y detrás, las dos muchachas saludando con timidez. La corte, que era cruel por naturaleza, ya no decía "ahí viene Don Gil con sus hijas", sino que empezó a acortar la frase con sorna: "Ahí viene Gil y pollas" (siendo "pollas" el término coloquial de la época para referirse a las mujeres jóvenes, las "polluelas").
Pero el destino, que es muy guasón, tenía preparado el remate final.
Aquella tarde, Don Gil avanzaba con paso firme hacia el mismísimo rey. Quería que sus "pollas" llamaran la atención. ¡Y vaya si lo hicieron! Don Gil, cegado por el orgullo, no vio que un sirviente acababa de derramar un charco de cera caliente en el suelo pulido.
El hombre pisó el rodal, los dos pies se le fueron al cielo y empezó a bracear como un pato mareado en el aire. En su intento de no caer, agarró del brazo a sus dos hijas. El resultado: un efecto dominó monumental. Don Gil acabó de bruces en el suelo, las hijas encima de él, y las pelucas de los tres salieron volando directamente hacia la fuente de ponche.
El salón estalló en una carcajada unánime y ensordecedora. Entre las risas, un conde extranjero, confundido, le susurró a un noble madrileño:
—¿Es que acaso ese hombre es tonto?
El noble, secándose las lágrimas de la risa, le respondió:
—No, mi señor. Es Gil-y-pollas.
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