lunes, 29 de junio de 2026

Ganaréis, pero no convenceréis

 


N.U.L. (45)

        Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Se celebraba el "Día de la Raza". El ambiente estaba cargado de tensión, banderas y consignas militares. En la mesa presidencial se sentaban Carmen Polo (esposa de Franco), el obispo, y el mismísimo Millán-Astray, el general fundador de la Legión, un hombre de aspecto temible, tuerto y manco por la guerra. Unamuno, rector de la universidad, presidía el acto.

        Al principio, Unamuno no pensaba hablar. Pero los discursos previos fueron subiendo de tono, cargados de odio, ataques a catalanes y vascos, y loas a la muerte. Cuando Millán-Astray gritó sus famosos e incendiarios lemas: "¡Viva la muerte!" y "¡Muera la inteligencia!", el público, enfervorecido, rompió en aplausos.

        Para un filósofo y escritor que había dedicado su vida al pensamiento, aquello fue la gota que colmó el vaso. Unamuno, anciano y tembloroso, pero con una dignidad de hierro, se levantó. El silencio se apoderó de la sala.

        "Se ha hablado aquí de guerra internacional; lo que hay es una guerra civil... Viva la muerte es un grito necrófilo e insensato"— comenzó, desafiando directamente al general.

        Millán-Astray, furioso, golpeó la mesa e interrumpió al grito de "¡Abajo la inteligencia!". Pero Don Miguel no se amedrentó. Miró fijamente al frente y pronunció las palabras que pasarían a la historia:

        "Este es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote. Vosotros profanáis su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha".

        El tumulto fue inmediato. Los fusiles se agitaron y la vida de Unamuno pendió de un hilo. Solo la intervención de Carmen Polo, que lo tomó del brazo para escoltarlo fuera, evitó una tragedia allí mismo.

        Aquel día, Unamuno no usó las armas, pero demostró que el intelecto y la verdad son más peligrosos para la tiranía que cualquier ejército. Pasó sus últimos meses de vida bajo arresto domiciliario, solo, pero con la certeza de haber ganado la batalla moral de la historia.

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