N.U.L. (47)
Madrid, principios del siglo XX. Un hombre menudo, de vestir impecable y andares silenciosos, cruza el umbral de una redacción de periódico. No habla con nadie. No hace ruido. Deja unas cuartillas escritas con una caligrafía pulcra, casi hipnótica, y se marcha como un soplo de aire.
Ese hombre era José Martínez Ruiz. Pero nadie lo conocía por ese nombre.
Durante años, este escritor frustrado y periodista incansable firmó con pseudónimos que caían en el olvido. Hasta que un buen día de 1904, decidió cometer un "crimen" literario: inventó a un personaje llamado Azorín. Un tipo melancólico, observador, que devoraba la realidad de los pueblos de España.
El éxito fue tan arrollador que la criatura devoró al creador. La gente en la calle no buscaba a José; buscaban a Azorín. Y aquí viene lo verdaderamente curioso que casi nadie te cuenta...
El escritor se tomó tan en serio su nueva identidad que empezó a vivir como un auténtico detective de su propia vida. Se cuenta que en su barrio, cuando los vecinos le preguntaban a qué se dedicaba aquel hombre tan misterioso y callado que siempre iba con un paraguas rojo bajo el brazo, él respondía con una sonrisa enigmática: —"Soy el secretario de Azorín. Le llevo los papeles. Es un hombre difícil, no le gusta ver a nadie".
¡Se hacía pasar por su propio sirviente para que lo dejaran en paz! Mientras el país entero se obsesionaba con la mente brillante que estaba revolucionando la Generación del 98, el verdadero autor observaba el mundo desde el anonimato de su propio portal, riéndose para sus adentros. Llevó la literatura a la vida real hasta el punto de borrar sus propias huellas dactilares de la historia.
Azorín nos enseñó que para describir la realidad con maestría, a veces hay que aprender a ser invisible. Convirtió el misterio en su mejor campaña de marketing, mucho antes de que existieran las redes sociales.
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