N.U.L. (48)
El tintineo de las copas de cristal de Bohemia y las risas apagadas de los salones de París no lograban cruzar los muros del palacio. Josefina de Beauharnais rompió el lacre rojo con una mezcla de aburrimiento y sutil desdén. Fuera, la noche caía fría, pero entre sus manos sostenía un papel que quemaba. Era otra misiva desde el frente italiano. Otra sobredosis de tinta y desesperación.
A su lado, la condesa de Tourzel observó el gesto cansado de la criolla.
—¿Otra vez el pequeño general, madame? —preguntó con una sonrisa de complicidad.
—No escribe cartas, Tourzel. Lanza misiles de devoción —suspiró Josefina, dejando caer el papel sobre el tocador de caoba—. A veces dudo de si me ama o si pretende conquistarme como a una provincia rebelde.
Se acercó a la ventana y miró el reflejo de sus propios ojos. Apenas habían pasado unos meses desde su boda y Napoleón Bonaparte ya exigía su alma entera a mil kilómetros de distancia. Con un suspiro, volvió a tomar la hoja. La caligrafía era un desastre apresurado, caótico, idéntico al pulso de un hombre al borde del abismo:
«No paso un día sin amarte; no paso una noche sin estrecharte entre mis brazos... Mi alma está triste; mi corazón está encadenado, y mi imaginación me aterra. Me amas menos, te consolarás de mi ausencia. Un día ya no me amarás; dímelo; sabré al menos merecer la muerte... Adiós, mujer, tormento, felicidad, esperanza y alma de mi vida, a quien amo, a quien temo, que me inspira sentimientos tiernos que me acercan a la Naturaleza, e impulsos volcánicos tan tormentosos como el trueno».
Josefina dobló el papel. ¿Impulsos volcánicos? Mientras él se retorcía de celos imaginarios en su tienda de campaña, ella prefería la sutil cadencia de las fiestas parisinas y la compañía mucho más ligera y risueña de jóvenes oficiales como Hippolyte Charles. Napoleón quería una deidad trágica; ella solo quería sobrevivir al escrutinio de una Francia post-revolucionaria.
—¿Le responderá? —inquirió la condesa.
—Mañana. Con tres líneas frías y distantes —sentenció Josefina con una leve sonrisa—. Nada vuelve más dócil a un león que el hambre. Si supiera que su mayor enemigo no es el ejército austríaco, sino mi bendita indiferencia... El pobre Bonaparte es un genio con la espada, pero un niño con la pluma.
Lejos de allí, bajo el frío de la noche italiana, el hombre que pronto haría temblar a Europa entera mojaba de nuevo su pluma en tinta negra, temblando ante el silencio de la única fortaleza que jamás lograría rendir por completo.
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