martes, 7 de julio de 2026

¿Cómo se conseguían los cuerpos para las clases de anatomía en el siglo XIX?

 


N.U.L. (87)

        La noche en Edimburgo no era una ausencia de luz, sino una presencia de sombras que olían a turba y a podredumbre. Burke y Hare caminaban por el cementerio de Greyfriars con la familiaridad de quienes pasean por su propio salón, aunque sus herramientas no fueran libros, sino palas y ganchos de hierro.

        —Esta tierra está demasiado blanda —susurró Hare, con el aliento viciado por el whisky—. Es como si el difunto tuviera prisa por irse.

        —Tiene prisa por ser útil —respondió Burke, clavando la pala en la tierra húmeda—. La ciencia es una amante exigente, y el doctor Knox siempre paga mejor si el género está fresco. No queremos huesos secos. Queremos la anatomía en plena vitalidad post mortem.

        Eran los años en que la medicina exigía sacrificios, pero no los de los doctores, sino los de los pobres. En las facultades, los profesores diseccionaban la miseria humana sobre mesas de mármol, convirtiendo la muerte en una lección de gramática anatómica.

        —¿Crees que el doctor se preguntará de dónde sacamos a este? —preguntó Hare, retirando la tierra con las manos desnudas, sin rastro de remordimiento.

        —El doctor se pregunta si el hígado está bien conservado —dijo Burke, sintiendo cómo el metal chocaba contra el ataúd de madera—. A los anatomistas les pasa lo mismo que a los novelistas: están tan obsesionados con el funcionamiento de la máquina que olvidan que el sujeto, hace apenas unos días, tenía nombre, madre y, probablemente, miedo a la oscuridad.

        El ataúd cedió con un gemido de madera vieja. Allí estaba, un hombre joven, cuya palidez parecía un reproche. Burke lo arrastró hacia la superficie, el cuerpo inerte se movía con la docilidad de un títere.

        —Es una ironía, ¿no? —comentó Hare, limpiándose el sudor de la frente con una manga sucia—. Le robamos el descanso eterno para que un estudiante de primero aprenda a localizar el bazo.

        —No le robamos el descanso —corrigió Burke, cargando el cuerpo al hombro—. Le otorgamos un propósito póstumo. La mayoría de la gente muere sin dejar ni una coma en la historia; este tipo, al menos, servirá para que alguien aprenda a suturar un corazón.

        Caminaron hacia el carruaje que esperaba en la penumbra. En el despacho del doctor Knox, el cadáver se convertiría en un texto, en un mapa de venas y nervios. No era un asesinato; era una transacción. La sociedad necesitaba cuerpos para avanzar y ellos, los "resucitadores", eran los proveedores de una modernidad construida sobre lápidas removidas.

        —¿Y si se despierta? —preguntó Hare, riendo con una carcajada que sonó a cristales rotos.

        —Si se despierta —dijo Burke, cerrando la puerta del carruaje—, será la primera vez que la ciencia aprenda algo más que anatomía. Aprenderá sobre la paciencia de los muertos. Pero no te preocupes, el mercado nunca ha tenido problemas con los resucitados. Solo con los que se resisten a ser vendidos.

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