N.U.L. (86)
Agatha se movía entre los estantes de la farmacia como si estuviera recorriendo los pasillos de una casa encantada. Para los demás, aquello eran frascos de cristal ámbar, polvos inodoros y jarabes de etiqueta elegante; para ella, eran los ingredientes de un banquete donde el plato principal siempre era la muerte.
—¿Qué haces ahí, Agatha? —preguntó su mentor, un boticario con las manos manchadas de yodo, cuya presencia era lo único que le recordaba que seguía en el mundo de los vivos—. Pareces una niña eligiendo dulces en una confitería.
Agatha sostuvo un frasco de arsénico con la misma delicadeza con la que se sostiene a un pájaro herido.
—No elijo dulces, señor —respondió ella, con una calma que a veces asustaba a sus conocidos—. Estoy aprendiendo a graduar la justicia.
—¿La justicia? —rio el hombre, secándose las manos con un paño sucio—. Es solo veneno. Si pones demasiado, el cuerpo se retuerce como una culebra; si pones poco, la víctima simplemente se siente algo indispuesta. No hay nada de justo en la toxicología.
—Ahí es donde se equivoca —replicó ella, colocando el frasco con precisión milimétrica—. La justicia suele ser bruta, obvia, ruidosa. El veneno, en cambio, tiene la elegancia de lo invisible. Requiere una mente organizada, una paciencia de relojero y la capacidad de entender que, a veces, la forma más limpia de resolver un conflicto es eliminar el ruido.
El boticario la observó por encima de sus gafas, con una mezcla de curiosidad y horror. Agatha no parecía una joven interesada en la química farmacéutica, sino alguien que estaba inventando un nuevo lenguaje, una sintaxis del fin.
—Esa mirada tuya —dijo él, bajando la voz— me recuerda a alguien que ya ha decidido quién debe morir en su próxima historia.
—No es una decisión, es una consecuencia —murmuró Agatha, mientras pesaba unos miligramos de estricnina en la balanza de precisión—. Si el personaje es lo suficientemente odioso, el veneno aparece solo, casi como una necesidad estética. Es una lástima que los hombres necesiten armas de fuego, tan ruidosas, tan vulgares, tan masculinas.
—¿Y tú qué necesitas? —preguntó él.
—Un té, una taza de porcelana y el momento exacto en que la curiosidad de la víctima se convierte en parálisis —dijo ella, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Agatha cerró el armario de los tóxicos con un sonido seco, metálico, el mismo sonido que tendría una celda cerrándose sobre un secreto. Aprendió allí, entre olores a éter y almendras amargas, que la vida es una cuestión de dosis. Y ella, que apenas empezaba a escribir, comprendió que cualquier final, por trágico que fuera, podía ser perfectamente preciso si se calculaba con la cantidad correcta de veneno.
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