sábado, 11 de julio de 2026

¡Danzad, danzad, malditos!

 


N.U.L. (102)

        El aire en Estrasburgo no era aire; era una neblina densa de azufre y miedo. Hans Troffea no veía a su esposa bailar; él veía cómo el Maligno, disfrazado de una coreografía impía, le robaba el alma. Todo empezó cuando Frau, tras rezar desesperadamente ante la imagen de San Vito, regresó del altar con los ojos vueltos hacia el cielo, como si algo invisible le estuviera arrancando la voluntad de los huesos.

        "¡Es el castigo!", gritaban los ancianos en la plaza, mientras Frau, con los pies desollados y los tendones saltando bajo la piel, giraba sin descanso. Hans la observaba desde el rincón de la casa, aterrado. Sabía que si la tocaba, la maldición saltaría hacia él como una pulga infectada. La superstición dictaba que aquel baile era una danza de expiación impuesta por el santo, una purga divina para una ciudad pecadora.

        La plaza se convirtió en un altar de sacrificios. No eran músicos quienes tocaban, eran demonios camuflados que, bajo la orden de los ediles, marcaban un compás infernal. Hans, escondido tras los pilares de la catedral, veía cómo Frau y otros cuatrocientos desdichados se contorsionaban. No bailaban por placer; sus cuerpos eran marionetas cuyos hilos tiraba una fuerza arcana. Los veía desangrarse, convencido de que cada gota que tocaba el suelo era una ofrenda a las sombras.

        Cuando la fatiga vencía a alguno, los demás no lo auxiliaban; lo pisoteaban en su giro interminable, como si el propio ritmo exigiera carne nueva. Hans vio a Frau detenerse un instante. Su rostro, antes dulce, estaba ahora poseído por una mueca de terror sagrado. Sus labios murmuraban oraciones en lenguas que no pertenecían a ningún hombre. Él intentó acercarse con un crucifijo, pero ella le lanzó una mirada que contenía el frío de la tumba. Un segundo después, se desplomó como una vela que se apaga, y su espíritu pareció abandonar aquel cuerpo roto en una bocanada de humo negro.

        Al caer ella, cayeron docenas más, como si la muerte fuera una reacción en cadena. El silencio que siguió no fue paz; fue la confirmación del horror. Hans caminó entre los cadáveres calientes, sintiendo que la sombra de la superstición se cerraba sobre Estrasburgo como una mortaja. Comprendió que aquellos cuatrocientos no habían muerto por una enfermedad de la carne, sino porque el cielo había decidido cobrarse su tributo. Al regresar a su hogar, Hans no buscó consuelo, sino un cuchillo para marcar las puertas con cruces, temiendo que, tras la danza, lo que fuera que habitaba en el baile regresara por los que aún respiraban.

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