N.U.L. (103)
El estudio de Iliá Repin, en el gélido San Petersburgo, se había transformado en una cámara de horrores. El lienzo, Iván el Terrible y su hijo, no era ya una obra maestra, sino un verdugo en reposo. Para el pintor, la pintura se había convertido en un susurro constante que le filtraba la cordura.
—La sangre llama a la sangre, Iliá —ordenaba la voz del zar, una voz que emanaba de los pigmentos rojos cuando la luz de la luna golpeaba el marco.
Iliá, atrapado en una pesadilla lúcida, comenzó a sufrir crisis de amnesia. La primera vez ocurrió una tarde de otoño; su hijo pequeño entró en el taller con un dibujo infantil. Iliá lo recordó después, de pie sobre el niño, con el estilete de limpiar pinceles apretado en el puño, mientras sus ojos, nublados por el trance, solo veían el rostro pálido del heredero del zar. Solo el sonido de un cristal roto lo despertó de aquel abismo.
La segunda vez, el horror fue más cercano. El cuadro le exigía una simetría cruel: el zar había matado a su hijo, y la historia debía ser replicada para alcanzar la perfección estética. Iliá fue hallado por su esposa en la penumbra del estudio, con la hoja del puñal rozando el cuello de su hijo, quien dormía ajeno al peligro. El pintor no reconocía a su vástago; para él, estaba frente a una figura histórica que debía ser sacrificada en el altar del arte.
La tercera vez, la más aterradora, ocurrió en la víspera de entregar la obra. Iliá se despertó en la cocina, con el puñal en la mano y el corazón latiéndole como un pájaro enjaulado. Frente a él, su hijo lloraba, refugiado bajo la mesa. El pintor miró el cuadro en el salón y comprendió que el zar no estaba mirando a su hijo en la tela; estaba mirando a través de él.
Aterrorizado por la oscuridad que habitaba en sus propias manos, Iliá comprendió que él era solo un títere. Si no se libraba de aquella influencia, la cuarta vez no despertaría del trance. Regalar el cuadro a un coleccionista fue su único acto de cordura.
Meses después, al leer en el periódico sobre la muerte violenta del nuevo dueño del lienzo, Iliá no sintió lástima. Sintió un alivio gélido. Sabía que la maldición seguía viva, buscando una nueva voluntad a la cual encadenar, pero, por primera vez en años, el silencio en su estudio era absoluto y, lo más importante, su hijo estaba a salvo. Aun así, cada vez que cerraba los ojos, el pintor sentía la fría caricia del puñal, esperando a que su mano volviera a ser, por fin, el instrumento del zar.
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