viernes, 10 de julio de 2026

El libro que provocó una ola de suicidios

 


N.U.L. (91)

        La noticia llegó en un sobre amarillento, con los bordes carcomidos por una humedad antigua, como si la propia carta hubiera decidido suicidarse lentamente antes de ser leída. Decía que la novela había permanecido bajo llave, en un purgatorio de estanterías polvorientas, durante medio siglo. La prohibición no era un acto de censura política, sino una medida de salud pública: al parecer, el libro contenía un virus gramatical, una sintaxis capaz de desajustar los engranajes de la cordura.

        Hablamos, claro, de Las desventuras del joven Werther. Goethe, sin pretenderlo, había redactado un manual de instrucciones para el abismo. El protagonista, con su casaca azul y su chaleco amarillo, no era un personaje de ficción, sino un espejo cóncavo donde los jóvenes de la época se miraban y, al no reconocerse, preferían dejar de existir.

        La ciudad se convirtió en una sala de espera de una funeraria. La moda se tornó fúnebre; no por luto, sino por emulación. Los adolescentes, con esa capacidad que tienen para convertir el drama en absoluto, empezaron a abandonar la vida con una elegancia trágica, dejando sobre las mesas de noche, junto a una pistola o un frasco de láudano, el ejemplar de Goethe abierto en la página del adiós. La ficción se había desbordado. La metáfora se había vuelto literal.

        ¿Qué tenía aquel texto? ¿Acaso las frases poseían una gravedad molecular superior a la del resto de los libros? Tal vez fuera la melancolía, ese veneno que, cuando se destila con talento, resulta embriagador. La autoridad, aterrada ante la epidemia de ausencias, decidió que la única forma de frenar el suicidio era encarcelar al autor. Durante cincuenta años, las palabras de Goethe fueron tratadas como pacientes psiquiátricos, encerradas en un aislamiento preventivo para evitar que el contagio siguiera propagándose por las arterias de la sociedad.

        Ahora, con el libro ya liberado, uno lo sostiene entre las manos y siente una extraña punzada de miedo. Sus páginas parecen latir con un ritmo cardíaco que no es el nuestro. Se lee con la prevención de quien manipula un explosivo desactivado, pero con la duda latente de si el detonador sigue ahí, oculto entre los párrafos. Dicen que volvía loca a la gente. Quizá no fuera locura. Quizá, simplemente, la novela enseñaba a mirar la realidad con demasiada nitidez, y no todos los ojos están preparados para soportar tanta luz antes del apagón definitivo. Uno cierra el libro, se toca el pecho para confirmar que el corazón sigue ahí, y se pregunta cuántas otras historias aguardan en algún sótano, esperando el momento de volver a convencer a alguien de que el mundo, después de todo, es un lugar demasiado estrecho para tanto dolor.

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