N.U.L. (92)
El techo del mundo se había desplomado sobre Julián, no como un cielo, sino como un verdugo de hormigón y varillas retorcidas. No recordaba el estruendo, solo el silencio posterior, un silencio con peso de ataúd. Estaba atrapado en una oquedad del tamaño de un féretro, con las piernas inmovilizadas bajo una losa que le devolvía el frío de los infiernos.
Al principio, el miedo tenía forma de grito. Julián chilló hasta que la garganta le supo a cobre, pero el polvo de los escombros se encargó de sellar sus palabras. Fue entonces cuando la escuchó. Una nota musical, seca, metálica. Ploc.
Una gota de agua, filtrada desde alguna tubería rota en las plantas superiores, caía con una cadencia hipnótica sobre su frente. Ploc.
Julián intentó moverse, pero el espacio era una celda de alta precisión. La gota impactaba siempre en el mismo milímetro de piel. Al principio, fue un alivio; la humedad le refrescaba la frente. Luego, un fastidio. Después, una tortura. A las doce horas, la gota era un martillo. A las veinticuatro, un barreno que parecía estar perforando su cráneo para llegar hasta el fondo de su memoria.
Julián, un hombre que siempre había vivido con prisa, se vio obligado a vivir al ritmo de aquel intervalo. Empezó a temer el silencio entre gota y gota más que el impacto mismo. Ploc. La espera le tensaba los tendones. Ploc. La anticipación le provocaba arcadas. Empezó a rezar a dioses que no conocía, no para que lo rescataran, sino para que la tubería se secara, para que el agua se detuviera antes de que su cerebro terminara convertido en una papilla de cristal.
La oscuridad no era negra, sino de un color gris metálico, el color de la gota que ya sentía como una marca de nacimiento en el centro de su cabeza. Empezó a confundir el pulso de su corazón con la caída del agua. ¿Era su corazón el que late, o era el agua la que dictaba el ritmo de su vida? Había perdido la cuenta de los días. Ya no sentía las piernas; quizás se habían convertido en escombros. Ya no sentía hambre; la gota la había desplazado.
Cuando finalmente escuchó las máquinas de rescate, el sonido le pareció una blasfemia, una interferencia en su sinfonía de demolición. Julián no gritó. Tenía miedo de que, al abrir la boca, el ritmo se rompiera. Los hombres que lo sacaron vieron a un sujeto intacto, sin una sola fractura visible, con la mirada perdida en un infinito húmedo, incapaz de entender que, bajo aquel montón de ruinas, algo le había perforado el alma gota a gota.
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