jueves, 2 de julio de 2026

El niño llorón

 


N.U.L. (66)

        El despacho del Ministro de Educación olía a té frío y a burocracia estancada, pero el aire que traía el director del museo era diferente: olía a ceniza, a madera chamuscada y a un terror que no aparecía en los manuales de gestión cultural. El hombre, cuyos cabellos blancos parecían haber encanecido en cuestión de horas, dejó caer una carpeta sobre la caoba pulida del ministro. Sus manos temblaban con una violencia incontrolable.

        —Señor Ministro —dijo, y su voz sonó como un cristal que se resquebraja—, se lo advertí. Se lo advertí con cada informe, con cada nota al margen en los presupuestos. Pero usted, en su afán de atraer turistas, insistió en que el Niño Llorón de Bruno Amadio debía presidir la exposición de "Obras del Infortunio".

        El ministro arqueó una ceja, irritado por la impertinencia. —No me hable de supersticiones de tabloide, director. Un cuadro es pigmento sobre lienzo. Las leyes de la física no se doblan ante una pintura barata de un niño con los ojos anegados en lágrimas. ¿Dónde está el informe técnico del incendio?

        El director soltó una carcajada amarga, seca, que pareció llenar el despacho de un frío repentino. —La física no explica por qué, en el centro de la sala principal, donde el lienzo colgaba bajo una luz cenital, no quedó nada más que cenizas. No fue un cortocircuito. No hubo acelerantes. El fuego comenzó detrás del cuadro, en la pared misma, como si el propio Amadio hubiera pintado el infierno detrás de esos ojos suplicantes. Los bomberos no pudieron explicar cómo es que el ala oeste, protegida por cortafuegos, ardió con una furia tan precisa. Solo el cuadro... el cuadro desapareció, convertido en parte del humo que ahora cubre media ciudad.

        El director se inclinó sobre la mesa, sus ojos inyectados en sangre clavados en los del ministro. —La leyenda decía que quien lo poseyera, vería su hogar reducido a escombros. Los vecinos, los dueños de casas que lo tuvieron en sus paredes, todos perdieron lo que amaban. Pensamos que era el azar, una serie de coincidencias estadísticas. Pero hoy, mientras veía las ruinas de nuestra galería, entendí la verdad: el niño no llora por tristeza. Llora porque sabe que es la antorcha que el diablo dejó olvidada en nuestro mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Cuando El Bosco hizo caso a Satanás.

  N.U.L. (106)           La sala del consejo de la catedral estaba sumida en una penumbra opresiva, apenas interrumpida por el parpadeo de l...