N.U.L. (67)
Leda, reina de Esparta, se ocultaba entre los juncos del río, pero no por paz. Huía de los rumores de la corte, de las miradas de un marido que empezaba a sospechar que ella guardaba un secreto que ni siquiera ella misma comprendía del todo: la sensación de ser observada por un ojo omnipresente que no pertenecía al mundo de los hombres.
Un cisne de una blancura antinatural, tan impecable que parecía recortado de una realidad superior, emergió de la bruma. Leda se quedó inmóvil. No era la elegancia lo que la paralizaba, sino la mirada del ave: una pupila dorada, fría y analítica, que escrutaba su alma con la precisión de un verdugo.
—¿Qué buscas en la oscuridad, criatura? —preguntó ella, retrocediendo. El pájaro no graznó; simplemente se alzó, cubriendo el cielo como una sombra que devoraba las estrellas.
En un parpadeo, la pluma y el ala se deshicieron en un aura de energía estática. Zeus estaba allí, pero no era el amante romántico de los mitos. Su presencia era un peso aplastante, el aroma de un rayo que acaba de partir un roble. Leda sintió que sus pulmones se contraían; no era seducción, era una invasión.
—He observado cada uno de tus pensamientos, Leda —dijo él, y su voz no resonó en el aire, sino directamente dentro de su cráneo, vibrando en sus huesos—. He visto cómo anhelas escapar de tu jaula de oro. He venido a ofrecerte la libertad a cambio de una semilla que cambiará el destino del mundo.
Leda intentó gritar, pero el tiempo se detuvo. El entorno perdió sus colores; el río se congeló en un relieve de cristal. Él no la tocaba, pero ella sentía su voluntad erosionar la suya, como el mar destruye el acantilado.
—¿Qué quieres de mí? —logró soltar ella, con el horror floreciendo en su pecho.
—Quiero que seas el vientre de una guerra —sentenció él, con una frialdad gélida—. De nuestro encuentro nacerá una belleza que hará que los hombres olviden la razón. Será una ruina envuelta en seda. Troya arderá, Esparta sangrará, y tu nombre será la excusa para el fin de una era.
Cuando el sol comenzó a teñir el horizonte, el dios se había desvanecido, dejando solo el silencio. Leda despertó en la orilla, temblando. Miró hacia abajo y vio una mancha de sangre sobre su túnica, una herida invisible. En el río, el cisne se alejaba, y en su pecho, Leda sintió una pesadez insoportable. No era un hijo lo que llevaba dentro; era el destino. Y mientras miraba sus manos, comprendió con horror que, a partir de ese momento, ella ya no era la reina de Esparta, sino la arquitecta de la caída de la humanidad.
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