N.U.L. (94)
La puerta no era una simple estructura de madera y goznes; era una esclusa de seguridad que separaba la realidad, gris y predecible, del laboratorio donde Stephen destilaba sus pesadillas. Había dado órdenes precisas: comida en la bandeja, golpe seco en la madera, retirada inmediata. Cuando su esposa se atrevió a preguntar, a través de la superficie veteada, si necesitaba algo más, él rugió como uno de sus propios monstruos, una criatura de colmillos de tinta y hambre de palabras.
—¡Largo! —aulló, con la garganta seca de café y tabaco—. ¡Fuera de la casa, todos! ¡No quiero ver a nadie hasta que el último punto esté puesto!
Los pasos se alejaron, dubitativos, cargados de esa preocupación que él consideraba una forma de interferencia narrativa. Se quedó en silencio, saboreando el aislamiento. Pero entonces, al levantarse para alcanzar una nueva resma de papel, el pomo cedió de una forma extraña. Un chasquido metálico, un eco definitivo. Intentó abrir. La puerta, que tantas veces había servido de escudo, se había convertido en un muro de hormigón armado.
La habitación, sin ventanas, se estrechó. Las paredes, cargadas de estanterías, empezaron a exhalar el vaho de sus propias historias. Stephen, que siempre había sido el titiritero, sintió que los hilos se le enredaban en los dedos. Sus personajes, esas entidades que había convocado durante décadas, empezaron a deslizarse por las sombras del rincón. No eran alucinaciones; eran huéspedes que reclamaban su derecho a existir fuera del papel.
Al segundo día, la sed empezó a tener voz. Al cuarto, el hambre tenía rostro, un rostro que él mismo había descrito años atrás en una novela de terror olvidada. Para el sexto día, Stephen ya no era el autor. Se había fundido con la atmósfera. Se sentía, en efecto, como uno de sus protagonistas: ese hombrecillo acorralado en un motel de mala muerte o en una mansión encantada, esperando el hachazo que nunca llegaba, o quizás deseándolo para que todo terminara.
Lleva una semana. El silencio es absoluto. Nadie ha vuelto a tocar la puerta, ni siquiera para dejar una bandeja. O quizás sí lo han hecho, pero el sonido ya no llega, absorbido por la densidad de su propia narrativa. Stephen se sienta en el suelo, con la espalda apoyada en la madera fría. Ya no escribe; no puede. Ahora es parte de la historia. Es el clímax que nunca llega, el final abierto que nadie se atreve a cerrar. En la oscuridad, se pregunta si, al otro lado de la puerta, su casa sigue existiendo o si él la ha convertido, con la sola fuerza de su miedo, en una página en blanco.
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