viernes, 10 de julio de 2026

El marqués de Sade

 


N.U.L. (93)

        El Marqués de Sade, Donatien Alphonse François, era ahora un mueble más en la habitación de Charenton. Su cuerpo, otrora un instrumento de deseo y transgresión, se había convertido en un envoltorio inútil, una carcasa de piel pergamino que ya no respondía a los espasmos de la voluntad. Estaba postrado, con los ojos entornados hacia el techo, un punto fijo donde se proyectaban las sombras de su memoria. A su alrededor, los enfermeros hablaban con esa ligereza que se reserva a los objetos o a los moribundos.

        «Está lejos», murmuraba uno, mientras le cambiaba las sábanas con una brusquedad que el Marqués sentía como un ultraje silencioso. «Ya no habita en este mundo», decía otro, encogiéndose de hombros.

        Se equivocaban. Nunca había habitado tanto en el mundo como en ese instante final.

        En su cabeza, el Marqués era un incendio. Recordaba las alcobas de Versalles, el olor a incienso mezclado con el almizcle de los cuerpos, la geometría del placer que había diseccionado con la precisión de un entomólogo. Su mente, una máquina de devorar sombras, repasaba cada uno de sus excesos. No sentía arrepentimiento, ese invento de los débiles para domesticar a los fuertes. Lo que sentía era una especie de nostalgia soberana por la crueldad, por la belleza pura que solo surge cuando se trascienden los límites.

        Oía las conversaciones de aquellos hombres mediocres que lo cuidaban. Comentaban el clima, el precio del pan, la lentitud de su agonía. Querían que se fuera para poder limpiar la habitación y respirar aire sin la carga de su presencia. Él, desde su trinchera de parálisis, los analizaba con un desprecio refinado. ¡Qué poco sabían de la libertad! Ellos creían que la vida se definía por el movimiento y la palabra, cuando la verdadera existencia se juega en el teatro invisible del pensamiento. Él era un monarca en su propio cráneo, y desde allí, juzgaba a sus captores.

        El aire en la habitación era espeso, cargado de esa melancolía que precede a la nada. El Marqués notó que el ritmo de su propia respiración empezaba a fracturarse. Un último pensamiento cruzó su mente como un relámpago: la vida no era más que una serie de fricciones, una lucha constante entre el deseo y la negación. Y él, que había llevado esa lucha hasta las últimas consecuencias, se sentía, por fin, a punto de ganar.

        Cuando la muerte finalmente entró en la habitación —más cortés que los enfermeros, más silenciosa que sus recuerdos—, el Marqués la recibió con una mueca que ellos interpretaron como un espasmo final. No lo era. Era, tal vez, una sonrisa de triunfo ante el último de sus placeres: el de marcharse sin que nadie supiera jamás que él, el libertino, seguía allí, burlándose de ellos hasta el último aliento.

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