domingo, 5 de julio de 2026

La inquietante razón por la que Edgar Allan Poe murió con la ropa de otra persona

 


N.U.L. (71)

        La taberna Ryan’s, en Baltimore, era un antro donde la luz de las velas apenas luchaba contra la podredumbre. El hombre, desplomado en la acera, apenas era un espectro de lo que fue. Joseph Walker, el impresor que lo encontró, se acercó con cautela y sacudió sus hombros.

        —¡Amigo! ¡Despierte, por Dios! —gritó Walker.

        El hombre abrió los ojos. No había rastro de inteligencia, solo un terror abismal. Intentó articular palabra, pero solo un gemido salió de su garganta. Walker retrocedió, horrorizado. No era solo la palidez del sujeto, sino el disfraz grotesco que portaba. Aquel abrigo le venía grande, un sombrero de ala ancha cubría su frente sudorosa y unos pantalones raídos, sucios de barro, completaban una estampa ajena.

        —¿Quién es usted? —preguntó Walker, aunque una sospecha helada le recorría la espalda—. Esa ropa... no es suya. ¿Dónde está su levita?

        El hombre se aferró a la solapa del abrigo prestado. Sus dedos temblorosos arañaron la lana barata.

        —¡Reynolds! —logró articular, con una voz que sonaba a papel seco—. ¡Que se apiaden... del cuervo!

        Horas después, en la sala del hospital, el doctor Moran observaba la escena con perplejidad. El paciente, atrapado en una fiebre delirante, seguía vistiendo los mismos harapos que el impresor había descrito.

        —Doctor —susurró una enfermera, mirando el atuendo con desprecio—, este hombre parece un mendigo, pero sus manos... sus manos son las de un caballero.

        El doctor Moran se acercó al lecho.

        —No es un mendigo —sentenció, mientras el paciente sollozaba un nombre ininteligible—. Esto es una farsa. Alguien lo despojó de su dignidad antes de romper su mente. Es el cooping, ¿no es así? ¿Lo arrastraron de urna en urna, obligándolo a votar bajo el nombre de otros mientras le obligaban a usar esta basura?

        El moribundo abrió los ojos una última vez. Su mirada pareció atravesar al doctor, viendo algo que solo él comprendía.

        —¿Por qué? —le preguntó el doctor, tomándolo de la mano—. ¿Por qué dejar que le hicieran esto? ¿Quién le dio esta ropa maldita?

        El hombre intentó sonreír, un gesto macabro que congeló la sangre de los presentes.

        —Para que el mundo... no reconozca... al autor de la pesadilla —susurró con un hilo de voz.

        Con un último suspiro, Edgar Allan Poe se entregó a la sombra. Murió vistiendo la máscara de un anónimo, cumpliendo, con su último aliento, el destino que él mismo había trazado en sus cuentos: la desaparición absoluta de su identidad, dejando tras de sí un misterio que, casi dos siglos después, sigue desafiando a la lógica.

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