domingo, 5 de julio de 2026

Mi señor, el pueblo tiene hambre.

 


N.U.L. (72)

El sol de mediodía se filtraba por los cristales de Versalles, pero dentro del Salón de los Espejos, la luz parecía artificial, distorsionada por el exceso. Luis XIV, el Rey Sol, observaba la coreografía de sus cortesanos con una calma que rozaba la indiferencia. A su lado, el ministro Colbert, con el rostro más gris que su casaca, se retorcía las manos, incapaz de ocultar el temblor que le recorría los dedos.

—Majestad —comenzó Colbert, bajando la voz hasta convertirla en un susurro áspero—, el Tesoro no es un pozo sin fondo. Los registros de esta última semana... son una sentencia de muerte para la estabilidad del reino.

Luis XIV ni siquiera giró la cabeza. Sus ojos, fijos en los reflejos infinitos del cristal, escrutaban un horizonte que solo él habitaba.

—La gloria no se mide en monedas, Jean-Baptiste —respondió con una voz suave, cargada de una autoridad absoluta—. Se mide en el asombro de Europa. Cuando los embajadores vean los jardines iluminados por miles de antorchas y prueben el vino que llega de las antípodas, comprenderán que Francia no es un país; es el centro del universo.

—Francia está pasando hambre, señor —insistió Colbert, dando un paso adelante, ignorando el protocolo—. El pueblo no come asombro. Los impuestos han llegado al límite de lo soportable. Esta fiesta, este despliegue de derroche, es un incendio. Estamos quemando las semillas de la próxima cosecha para pagar fuegos artificiales que durarán diez minutos.

El Rey Sol se volvió lentamente hacia su ministro. Una leve sonrisa, gélida y afilada como un diamante, se dibujó en sus labios.

—¿Me hablas de hambre, ministro, o de tu falta de ambición? —Luis caminó hacia una de las inmensas ventanas—. Mira esos jardines. Son un triunfo sobre la naturaleza misma. Si el precio de mi reinado es dejar las arcas vacías, que así sea. Prefiero ser el soberano de un reino en ruinas pero deslumbrante, que el contador de un país próspero y aburrido. La historia no recordará los números que anotas en tus libros; recordará la sombra que proyectó mi trono.

Colbert sintió que el frío de las mazmorras le recorría la espalda. Comprendió, con una lucidez devastadora, que ya no estaba hablando con un hombre, sino con un dios terrenal cegado por su propio brillo.

—La quiebra no es una opinión, Majestad —murmuró, derrotado—. Es un destino.

—Entonces que la quiebra sea magnífica —sentenció Luis, volviendo a alzar la copa de cristal tallado—. Que el mundo sepa que, si Francia cae, lo hará bajo una lluvia de oro y seda.

Afuera, la música comenzaba a sonar, ahogando los susurros de una hambruna que, muy pronto, derribaría los muros de aquel palacio de espejos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Cuando El Bosco hizo caso a Satanás.

  N.U.L. (106)           La sala del consejo de la catedral estaba sumida en una penumbra opresiva, apenas interrumpida por el parpadeo de l...