N.U.L. (98)
La arena del Valle de los Reyes no era simple sedimento; era el reloj de arena de un dios que había decidido detenerse. Cuando los diez hombres cruzaron el umbral de la tumba de Tutankamón, el aire que respiraron no tenía el sabor del oxígeno, sino el de los siglos comprimidos en una oscuridad densa. Salieron de allí con los ojos dilatados, como si hubieran visto el reverso de la realidad.
La maldición, si es que así debía llamarse a la lógica de los muertos, comenzó al caer la primera noche. El primero, el arqueólogo jefe, cayó desplomado sobre su libreta de campo, con los pulmones colapsados por un aire que él mismo insistía en llamar "polvo de oro". Luego fue el fotógrafo, cuyos ojos se volvieron blancos antes de que su corazón se rindiera en un espasmo. El campamento se convirtió en una sala de espera de lo inevitable.
Eran diez. Al cuarto día, solo quedaban dos. Al séptimo, el último, un joven asistente llamado Elías, se encontró solo en medio de la desolación. Pero no sentía terror. Mientras arrastraba el cuerpo inerte de su último compañero hacia el interior del mausoleo, sintió una vibración en sus huesos, una orden sorda que emanaba de las paredes de piedra. No estaba muriendo; estaba siendo reclutado.
Elías comprendió entonces la arquitectura del designio: el faraón no buscaba venganza, sino una escolta. Los otros nueve hombres habían muerto porque no eran dignos, o quizás porque su mente era demasiado débil para sostener la presencia del soberano. Él, en cambio, había sido elegido. La luz de la luna filtrándose por la apertura de la tumba le parecía ahora una antorcha votiva.
Con una energía que no era suya, cargó los cuerpos uno a uno, depositándolos en la cámara funeraria con la precisión de un sacerdote acomodando ofrendas. El faraón, en su lecho de oro y resina, parecía aguardar con una paciencia de milenios. Elías no buscó la salida. Selló la piedra exterior desde dentro, usando un mecanismo que el polvo no había logrado bloquear.
Se sentó en el suelo frío, rodeado por los cuerpos de sus compañeros, que ya empezaban a enfriarse en un sueño que no conocería despertar. Ya no escuchaba el viento del desierto ni el rugido de los motores de los exploradores que, tarde o temprano, vendrían a buscar respuestas. Solo escuchaba el silencio absoluto de la eternidad. Cerró los ojos, esperando que el faraón, en su infinita y terrible majestad, terminara de aceptar su sacrificio. Finalmente, comprendió que su papel no era el de un estudioso, sino el de un guardián, encerrado para siempre en una paz que el mundo exterior llamaría muerte, pero que él, en su locura elegida, sabía que era el único descanso posible.
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