N.U.L. (99)
La niebla de Londres no era aire, era una sustancia espesa que se pegaba a los pulmones y a la conciencia, una sopa de carbón donde se ahogaban los sueños. En ese amanecer perpetuamente gris de la Revolución Industrial, el sonido que despertaba a los trabajadores no era el de un despertador eléctrico, sino el impacto rítmico, casi litúrgico, de una vara de bambú o un guisante disparado contra el cristal de una ventana.
Al otro lado de ese dedo de bambú que golpeaba la ventana se encontraba Simon, quien había encontrado de la necesidad de sincronizar a la masa obrera con el latido frenético de las fábricas.
Para Simon su jornada comenzaba cuando la ciudad aún era un cadáver de sombras. Caminaba por las calles adoquinadas, una silueta fantasmagórica que portaba una vara larga, tan larga que parecía una antena sintonizada con el despertar de los otros. No llamaba a puertas; él cazaba ventanas. Conocía los dormitorios mejor que sus propios habitantes: sabía en qué cristal golpear para que el sonido fuera suficiente para arrancar al obrero de su lasitud, pero no tanto como para despertar al resto de la familia.
Era un pastoreo de almas dormidas. La gente no tenía relojes, o no podían permitirse el lujo de confiar en ellos. Su vida estaba en manos de Simon, quien, con un clac-clac certero, dictaba el inicio de la cadena de montaje. Era, en esencia, el metrónomo de la miseria. A veces, sentía una extraña responsabilidad; si él fallaba, si su vara se quedaba dormida, cientos de hombres llegarían tarde, el capataz descontaría sus salarios y la hambruna entraría en sus casas como un invitado no deseado.
Lo más irónico del oficio era su propia naturaleza de fantasma. Él despertaba a la ciudad, pero nadie lo despertaba a él. Debía vivir en un estado de vigilia perpetua, una vigilia que le terminaba robando la propia vida. A menudo, mientras recorría las calles desiertas, se preguntaba quién era el knocker-upper de los knocker-uppers, quién se encargaba de que él mismo no cayera en un sueño que nunca terminara.
A medida que el sol intentaba, sin éxito, romper la coraza de humo, Simonveía cómo las luces de las casas se encendían en cascada, como si su vara estuviera encendiendo el mundo con cada golpe. Era una sinfonía de infortunios: cada clac significaba el fin de una libertad, el regreso a la opresión del vapor y el hierro. Él era el heraldo de la fatiga, el hombre que recordaba a todos que el mundo no había sido hecho para descansar, sino para producir, a golpes de vara, una mañana tras otra.
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