N.U.L. (105)
El polvo flotaba en los rayos de sol que se colaban por el escaparate, bailando como partículas de tiempo suspendidas en la penumbra de la librería. Julián, con las manos temblorosas y los nudillos cubiertos de manchas de vejez, deslizó el ejemplar sobre el mostrador de madera carcomida. Tenía la piel tan fina que parecía papel de seda, casi tan frágil como las páginas que durante décadas habían sido su única compañía.
Elena, una mujer de treinta años con el brillo de la vida aún intacto en los ojos, deslizó la tarjeta de crédito. Antes de concretar la transacción, acercó el tomo a su rostro y cerró los ojos, aspirando profundamente.
—Es increíble —dijo con una sonrisa nostálgica—. Me encanta cómo huelen los libros viejos. Ese aroma tan dulce, tan cálido... me recuerda inevitablemente a la vainilla. Es como si el tiempo le diera al papel un perfume que la tecnología nunca podrá imitar.
Julián levantó la vista. Sus ojos, nublados por el cansancio de ochenta inviernos, se clavaron en ella con una intensidad que incomodó a la joven. Él no sonrió. El silencio se espesó, cargándose de una gravedad inusual.
—No es vainilla, hija —dijo él, con una voz que sonaba como el crujido de hojas secas—. Ese aroma es el mismo que desprende la gente muy mayor, la que ya ha pasado su tiempo. Olemos a muerte. Lo que tú estás oliendo ahora mismo en ese libro es la muerte que ya se acerca, el olor del final que se aferra a las cosas que están a punto de desaparecer.
Elena soltó una risita nerviosa, tratando de aligerar la atmósfera, aunque un escalofrío le recorrió la espalda.
—Señor Julián, no sea tan dramático —respondió ella, intentando sonar amable—. Supongo que es natural que el paso de los años le haga reflexionar sobre esas cosas, a su edad es normal que sienta que el tiempo aprieta, pero el libro solo es un objeto antiguo.
El viejo librero cerró la caja registradora con un golpe seco. La miró fijamente, con una serenidad absoluta, casi gélida.
—Cree que hablo solo por mi edad, porque ve mis arrugas y mis manos cansadas —susurró él, arrastrando las palabras—. Pero no se equivoque. Yo no hablaba solo por mí. Hablaba también por el libro. Cuando algo deja de vivir, cuando el papel se descompone y el espíritu se agota, ambos empezamos a oler exactamente igual.
Elena dejó el dinero sobre el mostrador, con la mano ligeramente temblorosa, y salió a la calle sin mirar atrás, sintiendo que el dulce aroma que antes le reconfortaba ahora se había vuelto, de pronto, profundamente triste.
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