sábado, 11 de julio de 2026

Las doncellas de la muerte

 


N.U.L. (105)

        El aire en la tienda de campaña era pesado, denso con el olor a cuero húmedo, sudor y el hierro metálico de la sangre seca. Astrid, la jarl que había conducido a sus hombres a través de los tormentosos mares del Norte, estaba sentada sobre un cofre de roble, apretando los dientes. La herida en su costado, un tajo profundo que le habían asestado el día anterior durante la escaramuza en la orilla, palpitaba con un fuego blanco.

        Dos de sus capitanes, guerreros curtidos por mil batallas y cubiertos de cicatrices, se interpusieron entre ella y la salida. Sus rostros reflejaban una mezcla de lealtad desesperada y miedo contenido.

        —No volverás a la línea, Astrid —dijo Bjorn, su segundo al mando, con voz firme pero temblorosa—. La sangre ya te tiñe el cuero. Si te mueves, morirás antes de que el acero enemigo toque tu piel. Los hombres necesitan a su jarl viva, no convertida en una saga de mártires.

        Astrid soltó una carcajada amarga que se convirtió en una mueca de dolor. Se puso en pie, tambaleándose por un instante, mientras la herida gritaba bajo sus vendajes. Con un movimiento rápido, ignorando el aviso de sus hombres, extendió la mano hacia su espada, Rompehielos. El acero, frío y centenario, se deslizó de la vaina con un susurro letal.

        —¿Creéis que me habéis visto luchar de verdad? —la voz de Astrid resonó, clara y afilada, silenciando el murmullo de los guerreros que aguardaban afuera—. ¿Creéis que un corte en la piel es suficiente para encadenar a una hija de Odín? Quien quiera frenarme, que dé un paso al frente y lo intente. ¡Que se pruebe contra el filo que ha marcado el destino de todos vosotros!

        Los capitanes retrocedieron un paso, intimidados no por la fuerza física, sino por la furia indomable que emanaba de sus ojos, una luz que parecía haber sido robada a las auroras boreales. Astrid caminó hacia la entrada, dejando un rastro de gotas carmesíes sobre la tierra batida. Al salir a la luz grisácea del amanecer, donde su ejército aguardaba en silencio, alzó la espada hacia el cielo plomizo. La punta del arma cortó el viento con precisión.

        —¡Juro por la lanza de Odín y por su ojo que todo lo ve! —rugió, y su voz alcanzó los oídos de cada hombre en la colina—. ¡Que ningún enemigo regresará al Valhalla esta tarde si no es arrastrado por mi mano! ¡Si la muerte viene a buscarme, me encontrará de pie, liderando la carga, pues prefiero que mi sangre riegue el campo de batalla a veros caer desde la seguridad de esta tienda!

        Con un grito de guerra que hizo temblar los escudos, Astrid comenzó a caminar hacia el frente, ignorando el dolor. Los hombres, sobrecogidos por su determinación, desenvainaron al unísono, siguiendo a su líder hacia el abismo.

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