N.U.L. (82)
La historia, pensó Isabel mientras observaba la mancha de humedad en el techo de sus aposentos, no es más que una caligrafía mal ejecutada. Una coma fuera de lugar, un adjetivo traicionero, y lo que era una política de Estado se convertía, de pronto, en un charco de sangre sobre el patíbulo.
Se acercó a la mesa, donde descansaba el documento. Había sido redactado por sus secretarios, pero el veneno estaba en la sintaxis.
—Majestad —dijo Cecil, entrando sin hacer ruido, como una sombra que teme ser descubierta—, el verdugo aguarda. María no ha enviado ninguna súplica nueva.
Isabel señaló el pergamino con un dedo tembloroso, cargado de anillos que pesaban más que el acero.
—Lee esto, Cecil. Lee esta frase. «Que la ejecución se realice con la premura que dicta el miedo a la desestabilización». ¿Entiendes el matiz? Es una orden, no una posibilidad. Es un error gramatical que me costará la cabeza de una prima y el sueño de una vida.
—Es una sentencia necesaria, señora —respondió él, inmutable—. María es un sujeto gramatical demasiado peligroso para su oración. Si ella sigue escribiendo su propia historia, la vuestra se vuelve subordinada.
—¿Subordinada? —rio ella, un sonido seco, metálico—. María es una metáfora. Una metáfora que, mal interpretada, está a punto de ser decapitada. No me importan sus conspiraciones, Cecil. Me importa que la carta no decía «pospóngase». Decía «ejecútese». Y ahora, esa palabra, tan mal colocada, se ha convertido en mi verdugo.
—La sintaxis de la corona es así, Majestad —insistió el consejero, dando un paso adelante—. A veces, una sola vocal cambia el destino de un reino. Lo que está escrito, escrito está.
Isabel miró por la ventana hacia el patio, donde los preparativos para la ejecución avanzaban con la frialdad de un proceso burocrático. Comprendió entonces que ella no era la reina, sino la prisionera de un lenguaje que no controlaba. María Estuardo moriría porque alguien decidió que una frase debía ser una sentencia y no una advertencia.
—Llévensela —susurró Isabel, apartando la vista—. Y procurad que la caligrafía del verdugo sea, al menos, legible. No quiero que la posteridad diga que ejecutamos a una reina por un error de sintaxis.
—La posteridad —sentenció Cecil, retirándose con una reverencia— nunca lee los borradores, Majestad. Solo lee la sangre sobre el papel.
La puerta se cerró. Isabel se quedó sola con el silencio y la insoportable certeza de que ella también era, en el fondo, una palabra mal escrita en el gran texto de Inglaterra. Solo faltaba que alguien, algún día, decidiera borrarla.
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