martes, 7 de julio de 2026

¿Quién fue el asesino en serie real que inspiró el cuento de Barba Azul?

 


N.U.L. (81)

        La curiosidad, decía Juan José Millás, es una forma de enfermedad que solo se cura con el desastre. O quizás, como pensaba Elena mientras contemplaba la llave de plata sobre el tapete de terciopelo, el desastre es simplemente el estado natural de las cosas al que intentamos imponer un orden doméstico.

        Su marido, el hombre de la barba azulada como un atardecer sobre un pantano, le había entregado el manojo con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

        —Puedes entrar en todas partes, Elena —dijo, ajustándose los gemelos con una precisión de cirujano—. Puedes recorrer el invernadero, el despacho donde guardo los mapas de países que ya no existen, e incluso la biblioteca donde los libros se leen solos por las noches. Menos esa habitación. La del final del pasillo.

        —¿Por qué? —preguntó ella, sintiendo cómo el peso de la prohibición se convertía en una presencia física, un tercer invitado en el salón.

        —Porque el conocimiento excesivo es una forma de suicidio —respondió él, dándole un beso en la frente que sabía a metal y a olvido—. Tengo una reunión en la ciudad. No esperes despierta.

        Cuando el sonido del coche se diluyó en la niebla, Elena se quedó sola con la casa. La casa no era un edificio, sino un organismo que respiraba. Las paredes, cubiertas de un papel pintado con motivos de flores que parecían cerrar sus pétalos al pasar, murmuraban secretos. Elena caminó por los pasillos, probando las llaves. Cada puerta se abría con un suspiro de alivio, revelando objetos que no tenían dueño: relojes parados, retratos de señoras con ojos de cristal, vestidos que flotaban en el aire como fantasmas de seda.

        Finalmente, llegó a la habitación prohibida. La llave encajó con una lascivia mecánica.

Lo que encontró no fue sangre, ni cadáveres descuartizados, ni los horrores de los cuentos infantiles. Encontró una habitación idéntica a la que ella ocupaba, con una mujer idéntica a ella sentada ante un espejo, cepillándose un cabello que se desprendía por mechones, revelando un cráneo de cera. La mujer del espejo levantó la vista. Tenía los ojos del marido.

        —¿Tú también has venido a ver cómo acaba el inventario? —preguntó la otra Elena, con una voz que era el eco de la suya.

        Elena comprendió entonces la naturaleza de la barba azul. No era un asesino de mujeres, sino un coleccionista de versiones. Él no las mataba; las despojaba de su novedad hasta que se convertían en objetos de atrezo, en muebles que guardaban el polvo de una vida sin preguntas.

        —Él vuelve pronto —dijo la mujer del espejo—. Y la próxima vez, serás tú quien peine el vacío.

        En el umbral, la puerta se cerró sola, sellando el destino de ambas en el mismo instante en que el coche del marido aparcaba en el jardín, con la puntualidad exacta de un verdugo que ama el orden.




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