domingo, 5 de julio de 2026

Hombres necios que acusáis SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

   VÍDEO Nº 27

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube



Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

Pues, ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

Poema sin título ANTONIO GAMONEDA

   VÍDEO Nº 26

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube




En selva roja donde el agua nunca
la luz destella, ni, de oscuras ramas,
un pájaro revuelve la espesura
y, luego, lento, en el azul se eleva
y el canto le sostiene y pacifica;
en esta oscuridad que se respira
y a sí misma se ignora, pero siente
los pies descalzos del pastor, la lluvia
que oscurece las hojas y perfuma
el liquen y refresca la madera,
aquí no deja de pasar la noche
en larga suavidad: lame las grutas
donde vive la sed y se desliza
entre las ramas cautelosas. Siempre
pasa la noche pero el día nunca,
ni el rostro amado que bajar quisiera
hasta aquella maleza y envolverse
en el silencio de la selva; nadie,
ni aquella roca vibración de oro
de la abeja nupcial; naturaleza
que al solo oculto corazón escucha
latir en soledad, pero llorando.

Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

Anyone lived in a pretty how - E.E. CUMMINGS

   VÍDEO Nº 25

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube




¿Alguien vivía en un pueblo bonito?
(con arriba flotando muchas campanas abajo)
primavera verano otoño invierno
él cantó su no bailó su sí.

Mujeres y hombres (tanto pequeños como diminutos)
No le importaba nadie en absoluto.
ellos sembraron su, ¿no es así?, ellos cosecharon su mismo.
sol luna estrellas lluvia

Los niños adivinaron (pero solo unos pocos)
y hacia abajo olvidaron mientras hacia arriba crecían
otoño invierno primavera verano)
que nadie lo amaba más por más

cuando ya y árbol por hoja
Ella rió de su alegría, ella lloró de su dolor.
pájaro junto a la nieve y agitarse junto a la quietud
cualquiera era todo para ella

alguien se casó con todos
rieron sus llantos y bailaron.
(dormir, despertar, esperanza y luego) ellos
dijeron sus nunca durmieron su sueño

estrellas lluvia sol luna
(y solo la nieve puede empezar a explicarlo)
cómo los niños tienden a olvidar recordar
con arriba flotando muchas campanas abajo)

Supongo que algún día alguien murió.
(y nadie se inclinó para besarle la cara)
La gente ocupada los enterró uno al lado del otro
poco a poco y fue por fue

todos por todos y profundo por profundo
y cada vez más sueñan su sueño
nadie ni nadie en la Tierra para abril
deseo por espíritu y si por sí.

Mujeres y hombres (tanto dong como ding)
verano otoño invierno primavera
cosecharon lo que sembraron y fueron a donde vinieron
sol luna estrellas lluvia


Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

Desde Irak BLANCA ANDREU

   VÍDEO Nº 24

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube



Respóndeme, político, ¿por qué
quieres desfigurar la faz del mundo?
¿Por qué quieres cortar
las cabezas azules de mis templos?
¿Por qué quieres
salpicar con mi sangre
a tu pueblo inocente?
¿No sabes que si envías
la muerte a visitarme
volverá sobre ti, boomerang en retorno?
¿Por qué quieres
matar mi casa
romper mi niño
quemar mi perro?

Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.


Todo asusta GLORIA FUERTES

   VÍDEO Nº 23

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube




Asusta que la flor se pase pronto.
Asusta querer mucho y que te quieran.
Asusta ver a un niño cara de hombre,
asusta que la noche…
que se tiemble por nada,
que se ría por nada asusta mucho.
Asusta que la paz por los jardines
asome sus orejas de colores,
asusta porque es mayo y es buen tiempo,
asusta por si pasas sobre todo,
asusta lo completo, lo posible,
la demasiada luz, la cobardía,
la gente que se casa, la tormenta,
los aires que se forman y la lluvia.
Los ruidos que en la noche nadie hace
la silla vacía siempre cruje,
asusta la maldad y la alegría,
el dolor, la serpiente, el mar, el libro,
asusta ser feliz, asusta el fuego,
sobrecoge la paz, se teme algo,
asusta todo trigo, todo pobre,
lo mejor no sentarse en una silla.

Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.


Juana la loca

 


N.U.L. (80)

        El viento de Tordesillas, cargado de la humedad del río Duero, no lograba enfriar la fiebre que consumía a Juana. Tras los muros de piedra de su encierro, la antigua reina de Castilla observaba cómo sus carceleros, convertidos en sombras de sus captores, susurraban en los pasillos.

        Fernando, su padre, aquel hombre de astucia inabarcable, y Felipe, su esposo, el flamenco de los ojos gélidos, habían convertido su vida en una partida de ajedrez donde ella no era la jugadora, sino el tablero sobre el que se disputaban un reino.

        —Majestad, vuestra dieta debe ser estricta hoy —anunció Hernán, el capitán de la guardia, cuyos ojos esquivaban la mirada de la reina con una mezcla de temor y servidumbre—. Son órdenes directas de vuestro señor padre.

        Juana se levantó de su silla tallada, su figura, envuelta en telas negras que ocultaban el luto de una vida entera, parecía absorber la luz de la estancia.

        —¿Mi padre ordena? —preguntó ella, con una voz que, a pesar de los años, conservaba la firmeza del trono—. ¿O es que el Rey Católico teme que, si como de más, mis fuerzas regresen lo suficiente para reclamar lo que es mío? Sabed, Hernán, que vuestro silencio es el cómplice más fiel de esta conspiración.

        El capitán bajó la cabeza, apretando la empuñadura de su espada.

        —No hay conspiración, señora. Solo buscamos el sosiego de vuestra salud.

        —¡Mentira! —exclamó ella, caminando hacia la ventana que miraba hacia los campos dorados de Castilla—. Tanto Fernando como Felipe temen la misma verdad: que mi locura no es más que el diagnóstico conveniente para quienes no pueden gobernar con una reina legítima frente a sus ojos. Felipe buscaba mi oro y mi corona; mi padre busca el poder que solo yo puedo otorgarle al morir o al enloquecer definitivamente. Me han robado el marido, me han robado a mis hijos y me han encerrado en esta jaula de piedra, pero jamás podrán robarme la certeza de mi linaje.

        Hernán retrocedió, turbado por la lucidez con la que Juana diseccionaba sus ambiciones.

        —Si me dejáis salir, el pueblo sabrá que la reina de Castilla no está muerta —continuó Juana, acercándose a él, obligándole a retroceder—. ¿Cuántos ducados os han prometido para mantener este engaño? ¿Es vuestra lealtad tan barata como el precio de mis manteles?

        —Mi deber es con el orden del reino, señora —respondió él, con voz trémula—. El rey Fernando dice...

        —El rey Fernando dice lo que le conviene para asegurar su cetro —interrumpió ella con un deje de amargura—. Pero cuando la historia escriba este capítulo, los nombres de quienes se repartieron mi vida serán grabados en la infamia. Ellos me han declarado loca porque es la única forma de ocultar que, en realidad, les aterra lo que una reina justa podría hacer con su poder.

Víctimas de la tela de araña

 


N.U.L. (79)

        El sol artificial de la sala de recreo proyectaba un resplandor de una blancura insultante, impecable, sin una sola mota de polvo que pudiera sugerir la existencia de una realidad orgánica. Bernard Marx, con sus ojos inquietos, observaba a Lenina, quien, absorta, sostenía el visor frente a sus ojos con una sonrisa vacía, fija, casi automática.

        —¿No te cansas de mirar lo mismo, Lenina? —preguntó Bernard, sintiendo el picor de su propia desconexión en un mundo que exigía una unidad absoluta—. Esos destellos de colores... es pura repetición.

        Lenina retiró el visor un instante, parpadeando ante la luz natural, como si fuera una intrusión molesta.

        —No es repetición, Bernard, es comunión —respondió ella, con una voz que parecía grabada por una máquina—. Estoy viendo las reacciones de todos en el sector sur. Mira, el Alfa-D ha publicado una nueva sensación sensorial sobre su último vuelo; tiene cuatro mil reacciones de aprobación en apenas tres segundos. Es un dato fascinante. Estamos conectados, todos sintiendo lo mismo al mismo tiempo. ¿No es maravilloso?

        —Es un aislamiento compartido —replicó él, acercándose a la pared de pantallas donde los rostros de sus conciudadanos se sucedían en una procesión infinita de espejos—. Estamos todos juntos en este salón, pero nadie se mira a los ojos. Estamos creando proyecciones de nosotros mismos para que otros las consuman, y al hacerlo, nos estamos vaciando. La pantalla no es una ventana al mundo, Lenina; es un muro de contención.

        Lenina soltó una carcajada, una nota aguda y desprovista de melancolía, tal como dictaba el acondicionamiento.

        —Siempre tan oscuro, Bernard. Hablas como si el aislamiento fuera una tragedia, cuando es la máxima expresión de la estabilidad. Si no me veo en el visor, ¿cómo sé que estoy aquí? Si no recibo la aprobación instantánea de los demás sobre mi estado de ánimo, ¿cómo puedo estar segura de que mi felicidad es válida?

        Bernard sintió una náusea profunda. Aquella gente no buscaba la verdad, buscaba la validación de un algoritmo que los despojaba de su esencia. La predicción se cumplía con una exactitud matemática: el hombre se había convertido en un espectador de su propia vida, prefiriendo la sombra proyectada en el dispositivo a la calidez de una conversación real.

        —Te estás convirtiendo en un eco —murmuró Bernard, dándose la vuelta—. Un eco atrapado en un bucle donde nadie habla, donde nadie siente nada que no haya sido previamente aprobado por la red.

        Lenina ya no escuchaba. Sus ojos, vidriosos y distantes, volvían a clavarse en el dispositivo, navegando por el flujo inagotable de aprobaciones. En el silencio absoluto de la sala, solo se escuchaba el leve zumbido de las máquinas que mantenían a todos, al fin, perfectamente solos.

¿Por qué la gente del siglo XVIII no se bañaba?

 


N.U.L. (78)

        La duquesa de Valois se abanicó con tal vigor que las plumas de avestruz de su abanico amenazaban con desprenderse. En el salón de espejos de Versalles, el aire era una masa densa, una sopa compuesta de sudor empolvado, aliento rancio y la empalagosa estela de una docena de fragancias compitiendo por el dominio del espacio.

        —Es una imprudencia, querida —susurró el barón de Saint-Cloud, acercándose lo suficiente para que su aliento, cargado de aroma a lavanda y tabaco, fuera casi visible—. He oído que la marquesa ha cometido el error de sumergirse en una bañera de agua tibia. ¡Un suicidio, lisa y llanamente!

        La duquesa se cubrió la boca con un pañuelo bordado, impregnado en una esencia de almizcle tan fuerte que los ojos le lagrimeaban.

        —¿Agua tibia? —exclamó ella, horrorizada—. ¡Qué vulgaridad! ¿Acaso no ha leído los tratados médicos? El agua no es un medio de limpieza, barón; es una puerta abierta. Al sumergirnos, abrimos los poros del cuerpo como si fueran bocas hambrientas. Y por esos poros, mi querido amigo, se deslizan los miasmas.

        —Exactamente —asintió el barón, observando con desprecio a un criado que pasaba cerca—. El aire está saturado de vapores pútridos, de efluvios invisibles que transportan la peste y la fiebre. Si uno abre los poros, invita a la enfermedad a instalarse bajo la piel. La verdadera limpieza no es física, sino química. Por eso el perfume es nuestra armadura.

        El barón extrajo un pequeño frasco de cristal de su casaca y, con una elegancia estudiada, se vertió unas gotas en el cuello y las muñecas. El aroma a violetas y ámbar se expandió, ocultando momentáneamente el olor a carne humana que, a pesar de todo, se filtraba por las pelucas y los jubones de seda.

        —Mi modisto me asegura que este nuevo perfume de Grasse es capaz de repeler cualquier aire viciado hasta en un radio de dos metros —dijo la duquesa, volviendo a usar su abanico—. Es una cuestión de defensa propia. Prefiero oler a jardín francés que arriesgarme a que la humillación de un resfriado —o algo peor— se filtre por mi epidermis.

        —¿Y el lavado? —preguntó un joven cortesano que se unía al grupo—. ¿No hay un límite para la mugre?

        La duquesa le dedicó una mirada de condescendencia glacial.

        —La suciedad es la piel del alma, joven. Lo que importa es que el exterior esté sellado por una capa de polvos de arroz y una fragancia digna de un monarca. El agua es para los peces y para los campesinos que no comprenden la delicadeza de la salud. Nosotros preferimos la sequedad de la virtud y el perfume de nuestra propia prudencia.

        En la estancia, el aire se volvió más pesado, un velo espeso de olores artificiales que intentaban, desesperadamente, imponerse sobre la naturaleza humana que bullía, oculta y acechante, bajo las sedas y el encaje.

Vrikolakas

 


N.U.L. (77)

        El profesor Aronnax —a quien la curiosidad empujaba siempre más allá de los mapas conocidos— ajustó sus lentes mientras observábamos, desde la seguridad de nuestro catalejo, las brumas espesas que envolvían las tierras bajas de la antigua Valaquia. "No se equivoquen, mis amigos", exclamó con ese entusiasmo pedagógico que siempre precedía a sus lecciones más asombrosas. "La imaginación humana es una máquina poderosa, capaz de transformar lo mundano en pesadilla mediante el simple ejercicio del miedo".

        Ante nosotros, la literatura popular había erigido un monstruo de colmillos afilados, un aristócrata de capa negra sediento de sangre carmesí. Sin embargo, la realidad, esa gran diseccionadora de mitos, era mucho más extraña y perturbadora. En el folclore eslavo más puro, en la raíz misma de la leyenda, no encontrábamos a un seductor nocturno, sino al vrykolakas. Y, contra toda expectativa novelesca, aquella criatura no necesitaba de colmillos para cumplir su cometido, ni buscaba el cuello de sus víctimas con la delicadeza de un depredador.

        "Observen bien", continuó el profesor, señalando un pergamino que habíamos rescatado de un monasterio ortodoxo. "El vrykolakas no es un vampiro que se nutre de fluidos vitales. Es, por definición, un ser que ha regresado de las sombras porque la tierra, en su implacable rechazo, no ha querido digerirlo". Según las crónicas antiguas, aquel ser era el cadáver de alguien que, por maldición o ritual inacabado, conservaba su cuerpo íntegro en la tumba. No era la sangre lo que buscaba, sino la energía vital, la calidez de los hogares que le habían sido arrebatados.

        La criatura no acechaba en salones de baile, sino en los establos, donde su presencia provocaba un terror ancestral en el ganado. Su arma no era la mordedura, sino la asfixia. Se decía que se sentaba sobre el pecho de sus víctimas mientras dormían, una presión telúrica, un peso de ultratumba que robaba el aliento hasta dejar a la persona en un estado de sopor perpetuo. No era un beso de sangre, sino un abrazo de piedra.

        "Es la manifestación del desorden natural", razonó Aronnax. "El vrykolakas es un hombre que no sabe ser cadáver. Sus dientes son sus manos, su fuerza es el rigor mortis que aún se aferra al mundo de los vivos". Mientras la luz se extinguía y las sombras del bosque se alargaban como dedos esqueléticos, comprendí que el terror real no residía en un colmillo puntiagudo, sino en la idea de que algo, desprovisto de razón y de vida, pudiera volver por lo que alguna vez le perteneció, arrastrándose con el peso de una tumba que se niega a cerrar sus puertas.

Corazón, corazón

 


N.U.L. (76)

        El escritorio no era, en absoluto, un mueble destinado a la escritura, sino un relicario de madera oscura y veteada que albergaba el peso insoportable de una ausencia. Allí, entre plumas secas, manuscritos inacabados y el eco de una voz que ya no habitaba el mundo de los vivos, descansaba un secreto que desafiaba a la naturaleza y a la muerte misma. Envuelto en un lienzo de seda que el tiempo había vuelto quebradizo, reposaba el corazón de Percy. No latía, ni palpitaba con la cadencia de los amantes, sino que se había transformado en una reliquia calcificada, una piedra preciosa y gélida que Mary custodiaba con la devoción de una sacerdotisa ante un altar pagano.

        Treinta años. Tres décadas de invierno perpetuo donde el corazón de su esposo fue el único ancla en el mar tormentoso de su viudez. Al deslizar la mano sobre aquel tejido, la autora de Frankenstein no sentía el horror, sino un necro-romanticismo que sus contemporáneos, atrapados en la moralidad vulgar, jamás habrían comprendido. Para Mary, la muerte no era el fin del diálogo, sino una forma distinta de comunión. ¿Acaso no había sido ella quien otorgó vida a la materia inerte a través del lenguaje? ¿Qué diferencia había, entonces, entre su criatura ensamblada bajo el fulgor del relámpago y este fragmento de anatomía amada que ella poseía, rescatado de la pira funeraria en las arenas de Viareggio?

        A veces, en la penumbra del estudio, cuando la sombra de las velas proyectaba formas monstruosas sobre las paredes, Mary extraía el objeto del cajón. Lo sostenía entre sus manos pálidas, sintiendo su peso mineral, su aspereza de mármol. Era la encarnación perfecta de su filosofía: el amor, en su esencia más pura, es un impulso que trasciende la descomposición. Mientras el mundo exterior seguía su curso —naciendo, muriendo, olvidando—, ella se refugiaba en ese rincón de sombra donde el tiempo carecía de sentido.

        El corazón de Percy se había convertido en un fetiche sagrado, un punto de convergencia entre la belleza romántica y la frialdad de la tumba. Allí, en el silencio de su escritorio, Mary Shelley escribía sus páginas más oscuras, alimentándose de la cercanía de aquello que la biología había dado por perdido. Entendía, mejor que nadie, que los muertos nunca se marchan verdaderamente si uno conserva la voluntad de mantenerlos presentes. Ese corazón, endurecido por el fuego y el paso de los años, era el testamento de un afecto que se negaba a la disolución, un vínculo que ni siquiera la sepultura pudo arrebatarle. Ella era la guardiana de lo que debería haberse vuelto polvo, la arquitecta de un amor que, desafiando a Dios y a la razón, se aferraba a la vida en la quietud eterna de un escritorio.

Está feo mentir al Tercer Reich

 


N.U.L. (75)

        La niebla del invierno inglés se filtraba por las rendijas de la oficina en Whitehall, un velo gris que parecía diseñado para ocultar las verdades más incómodas. En el centro de la estancia, sobre una mesa de caoba que había visto demasiados secretos, descansaba la pieza más extraña que el comandante Ewen Montagu había tenido que manipular jamás. No era un arma, ni un código encriptado. Era un hombre. O, mejor dicho, el residuo silencioso de uno.

        —La muerte tiene sus propias exigencias, Charles —susurró Montagu, ajustándose el monóculo con una parsimonia que escondía una urgencia febril—. Pero, en este caso, la muerte debe seguir trabajando para Su Majestad.

        Sobre la mesa, el cuerpo inerte, vestido con el uniforme impecable de un oficial de la Royal Marines, parecía esperar una orden que nunca llegaría. Aquel hombre no tenía nombre, al menos no el que le correspondía por nacimiento. Para el mundo, y más importante aún, para el Tercer Reich, él era el capitán William Martin. En su bolsillo, una carta de amor escrita con la tinta exacta de la pasión fingida, un recibo de joyería y, sobre todo, un maletín encadenado a su muñeca. Dentro, el mapa que cambiaría el curso de la guerra: una red de mentiras sobre los planes de invasión de Grecia y Cerdeña.

        —¿Cree que picarán el anzuelo? —preguntó su asistente, observando la palidez cerúlea del "capitán".

        Montagu sonrió, una mueca gélida que habría hecho estremecer a Hércules Poirot. La genialidad de su plan no residía en la tecnología, sino en la psicología humana. Sabía que los nazis, obsesionados con la minuciosidad, no podrían resistirse a la trampa. Un cadáver arrastrado por las corrientes del Mediterráneo hasta las costas de España, con la documentación "comprometedora" convenientemente expuesta, era el regalo perfecto para los espías alemanes.

        El misterio no era si el cuerpo llegaría a las manos adecuadas, sino si el engaño sería lo suficientemente elegante para ser creído. La guerra, al fin y al cabo, es un salón de baile donde los invitados mienten con tal convicción que el resto termina por bailar su melodía.

        Cuando el submarino Seraph soltó el cuerpo en las aguas frías, Montagu sintió una punzada de algo parecido a la culpa, rápidamente sofocada por el pragmatismo británico. A miles de kilómetros, Hitler esperaba su cena, ajeno a que su destino estaba siendo trazado en un maletín que flotaba a la deriva. La operación Mincemeat no era más que un juego de prestidigitación macabra. El mayor secreto de la historia no estaba en lo que el hombre escondía, sino en la ceguera de aquellos que, ante una verdad muerta, prefirieron abrazar la mentira que les otorgaba el poder.

Cuando El Bosco hizo caso a Satanás.

  N.U.L. (106)           La sala del consejo de la catedral estaba sumida en una penumbra opresiva, apenas interrumpida por el parpadeo de l...