De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube
Tiempo presente y tiempo pasado se hallan quizá presentes en el tiempo futuro y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado. Si todo tiempo es eternamente presente todo tiempo es irredimible. Lo que pudo haber sido es mera abstracción quedando como eterna posibilidad solamente en el mundo de la especulación. Lo que pudo haber sido y lo que fue apuntan a un solo fin, que está siempre presente.
Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.
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Se equivocó la paloma se equivocaba. Por ir al norte, fue al sur creyó que el trigo era agua, se equivocaba. Creyó que el mar era el cielo, que la noche la mañana, se equivocaba, se equivocaba. Que las estrellas, rocío, que la calor, la nevada, se equivocaba, se equivocaba. Que tu falda era tu blusa que tu corazón, su casa, se equivocaba, se equivocaba. Ella se durmió en la orilla, tú en la cumbre de una rama.
Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.
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¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha terminado, La nave ha salvado todos los escollos, hemos ganado el anhelado premio, Próximo está el puerto, ya oigo las campanas y el pueblo entero que te aclama, Siguiendo con sus miradas la poderosa nave, la audaz y soberbia nave; Más ¡ay! ¡oh corazón! ¡mi corazón! ¡mi corazón! No ves las rojas gotas que caen lentamente, Allí, en el puente, donde mi capitán Yace extendido, helado y muerto.
¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Levántate para escuchar las campanas. Levántate. Es por ti que izan las banderas. Es por ti que suenan los clarines. Son para ti estos búcaros, y esas coronas adornadas. Es por ti que en las playas hormiguean las multitudes, Es hacia ti que se alzan sus clamores, que vuelven sus almas y sus rostros ardientes. ¡Ven capitán! ¡Querido padre! ¡Deja pasar mi brazo bajo tu cabeza! Debe ser sin duda un sueño que yazgas sobre el puente. Extendido, helado y muerto.
Mi capitán no contesta, sus labios siguen pálidos e inmóviles, Mi padre no siente el calor de mi brazo, no tiene pulso ni voluntad, La nave, sana y salva, ha arrojado el ancla, su travesía ha concluido. ¡La vencedora nave entra en el puerto, de vuelta de su espantoso viaje! ¡Oh playas, alegraos! ¡Sonad, campanas! Mientras yo con dolorosos pasos Recorro el puente donde mi capitán Yace extendido, helado y muerto.
Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.
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Estaba echado yo en la tierra, enfrente el infinito campo de Castilla, que el otoño envolvía en la amarilla dulzura de su claro sol poniente.
Lento, el arado, paralelamente abría el haza oscura, y la sencilla mano abierta dejaba la semilla en su entraña partida honradamente
Pensé en arrancarme el corazón y echarlo, pleno de su sentir alto y profundo, el ancho surco del terruño tierno, a ver si con partirlo y con sembrarlo,
la primavera le mostraba al mundo el árbol puro del amor eterno.
Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.
La mansión de Yásnaia Poliana no era un hogar; era un mausoleo de silencios cargados de estática. León y Sofía se movían por los pasillos como dos planetas en órbitas opuestas, condenados a no colisionar nunca, a menos que el estrépito fuera necesario para recordar su existencia. Durante cincuenta años, el aire entre ellos se había vuelto tan denso que la voz humana parecía incapaz de atravesarlo sin fracturarse.
La comunicación se había reducido a una liturgia de papel. Cada mañana, un sobre amarillento aparecía debajo de la pesada puerta de roble del despacho de León. Era la letra de Sofía, pequeña, apretada, cargada con la bilis de años de resentimientos acumulados.
«El pan está duro y las cuentas de la finca son un desastre. ¿Es este el legado que esperas dejar a tus hijos, además de tus novelas sobre la miseria ajena?»
León, sentado ante su escritorio, rodeado de manuscritos que diseccionaban el alma rusa, sostenía la nota entre sus dedos temblorosos. Sus ojos, profundos y atormentados, no buscaban el perdón, sino la verdad. Tomaba su pluma con la misma mano que había dado vida a Ana Karenina y respondía, deslizando el papel de vuelta al abismo del pasillo:
«La miseria no está en el pan, Sofía, sino en la mentira de nuestras vidas. Vivo en este silencio porque el ruido de tu decepción me impide oír la voz de Dios.»
sí transcurrieron décadas. Fue un matrimonio escrito en tinta seca. Sofía se convirtió en la guardiana de sus secretos, la mujer que copiaba sus borradores interminables mientras, en el fondo, sentía cómo su propia identidad se diluía en la sombra de un genio colérico. León, por su parte, buscaba en esas notas la única prueba de que seguía vivo, de que no era solo un monólogo ante la eternidad.
El desenlace fue una fuga propia de un drama decimonónico. Una noche de invierno, con el frío calando hasta los huesos, León dejó de escribir notas. Se levantó, cerró su puerta por última vez y se marchó a una estación de tren perdida, buscando en la huida lo que nunca encontró en los mensajes debajo de la puerta.
Cuando Sofía finalmente se atrevió a entrar en su despacho, encontró el suelo sembrado de papeles. No eran cartas de amor, ni reconciliaciones. Eran los diarios, las confesiones donde él había diseccionado su vida juntos como si fueran insectos bajo un microscopio. Ella recogió uno, temblando, y leyó la última nota que él nunca llegó a enviarle:
«Si el amor es una guerra, nosotros hemos sobrevivido al silencio. Y el silencio, Sofía, es la única verdad que nos queda.»
Ella se sentó en el suelo, rodeada de sus palabras, y por primera vez en cincuenta años, lloró sin necesidad de escribirlo.
El mármol de Roma no solo servía para erigir estatuas de emperadores; también servía para silenciar. Augusto, el hombre que convirtió la República en un teatro de sombras, tenía una obsesión enfermiza con el orden, y en su tablero de ajedrez, las palabras eran piezas que debían moverse según su voluntad. Fue entonces cuando Ovidio, el poeta que se atrevió a escribir sobre la metamorfosis, cometió el error imperdonable: describir el cambio no como un capricho divino, sino como la naturaleza misma de la vida.
Ovidio fue desterrado a las costas salvajes del Mar Negro, a los confines de un imperio que lo consideraba un virus. Su Ars Amatoria, con sus lecciones sobre el deseo y la libertad de amar más allá de los dictados del Estado, fue quemada en las plazas públicas. Augusto pensó que, al arrancar la lengua del poeta, el concepto mismo de libertad moriría con él.
Pero las palabras tienen una terquedad biológica que el acero no puede destruir.
Dos milenios después, en una biblioteca atestada de polvo y sombras, un joven abogado hurgaba en los estantes prohibidos. El aire olía a cuero viejo y a la resaca de siglos de censura. Abrió un ejemplar deshilachado de Las Metamorfosis. Sus dedos se detuvieron en un pasaje sobre la libertad de la mente, esa capacidad humana de ser fluido, de cambiar de forma, de rechazar las etiquetas que el poder intenta estampar sobre la frente del ciudadano.
—No se trata de poesía —murmuró el abogado, sintiendo cómo el eco de la voz del poeta exiliado vibraba en el silencio de la sala—. Se trata de un tratado de resistencia.
Aquel mismo día, en la Corte Suprema, una ley intentaba imponer mordazas sobre la prensa, argumentando que la "estabilidad del Estado" prevalecía sobre cualquier opinión disidente. El abogado, armado únicamente con el verso de un muerto, subió al estrado. Citó a Ovidio, no para recitar versos, sino para recordarles a los jueces que, cuando se prohíbe el arte, lo que realmente se encarcela es el alma de la nación.
—Si un hombre puede ser transformado por la naturaleza —argumentó, con la voz cargada de la autoridad de dos mil años—, ¿por qué permitimos que el Estado nos congele en una forma estática? La libertad de expresión es nuestra metamorfosis constante. Sin ella, estamos muertos antes de que el mármol nos cubra.
El juez escuchó atentamente al joven letrado y asintió a cada una de sus palabras. Finalmente dictó sentencia: ¡Culpable!
El Londres de 1675 era una caldera de vapores de carbón y susurros sediciosos. En las calles, la niebla se mezclaba con el olor acre del Támesis, pero dentro de las cafeterías, el aire tenía un aroma nuevo, oscuro y embriagador: el café. Los hombres lo llamaban "la bebida de la razón", pero para Carlos II, sentado en su trono bajo la sombra de la inestabilidad política, era poco menos que una poción de traición fermentada.
Thomas, un joven empleado de imprenta, empujó la pesada puerta de madera de la Penny University en Cornhill. Dentro, el ruido era ensordecedor. No era la taberna donde los hombres se sumían en el estupor de la cerveza; allí, la gente hablaba con una lucidez peligrosa. Un grupo de comerciantes debatía sobre los precios de las colonias mientras, en una esquina, un clérigo susurraba acerca de la moralidad de la sucesión real.
—¡Más café, muchacho! —gritó un hombre, golpeando la mesa con una moneda de un penique—. Si mi cabeza ha de estar clara para derrocar a estos ineptos, necesito el grano negro, no la cebada fermentada que embrutece al pueblo.
Thomas sintió un escalofrío. Sabía que las órdenes reales habían llegado esa misma mañana: los informantes de la Corona patrullaban las calles. El Rey temía lo que ocurría tras esas tazas humeantes. En las tabernas, el borracho olvida su causa; en la cafetería, el hombre recuerda sus derechos. El café despertaba la mente, afinaba la lengua y, lo que era peor, reunía a personas de todas las clases sociales bajo una misma sospecha: que el orden establecido no era más que un castillo de naipes.
—¿Has traído los panfletos? —le susurró un extraño a Thomas, acercándose tanto que el aliento a café del hombre se mezcló con el aire frío.
Thomas asintió, ocultando los papeles bajo su capa.
—El Rey quiere prohibirlo —replicó Thomas en un susurro—. Dice que la bebida incita a la revolución, que convierte a los sastres en filósofos y a los filósofos en conspiradores.
—El Rey tiene razón —sonrió el extraño—. Pero es demasiado tarde. El café ya ha corrido por nuestras venas y ha despertado la chispa. Una vez que un hombre aprende a pensar sin la neblina del alcohol, no hay edicto real que pueda devolverle la obediencia.
Justo entonces, las puertas se abrieron de par en par. La guardia real entró, con las espadas desenvainadas y los ojos recorriendo la sala. El café seguía caliente en las tazas, pero el silencio que cayó sobre la estancia fue más pesado que cualquier amenaza. Thomas apretó los panfletos contra su pecho, comprendiendo que, esa noche, Londres no se quemaría por el fuego, sino por la cafeína y las palabras que, una vez dichas, ya no tenían vuelta atrás.
Leda, reina de Esparta, se ocultaba entre los juncos del río, pero no por paz. Huía de los rumores de la corte, de las miradas de un marido que empezaba a sospechar que ella guardaba un secreto que ni siquiera ella misma comprendía del todo: la sensación de ser observada por un ojo omnipresente que no pertenecía al mundo de los hombres.
Un cisne de una blancura antinatural, tan impecable que parecía recortado de una realidad superior, emergió de la bruma. Leda se quedó inmóvil. No era la elegancia lo que la paralizaba, sino la mirada del ave: una pupila dorada, fría y analítica, que escrutaba su alma con la precisión de un verdugo.
—¿Qué buscas en la oscuridad, criatura? —preguntó ella, retrocediendo. El pájaro no graznó; simplemente se alzó, cubriendo el cielo como una sombra que devoraba las estrellas.
En un parpadeo, la pluma y el ala se deshicieron en un aura de energía estática. Zeus estaba allí, pero no era el amante romántico de los mitos. Su presencia era un peso aplastante, el aroma de un rayo que acaba de partir un roble. Leda sintió que sus pulmones se contraían; no era seducción, era una invasión.
—He observado cada uno de tus pensamientos, Leda —dijo él, y su voz no resonó en el aire, sino directamente dentro de su cráneo, vibrando en sus huesos—. He visto cómo anhelas escapar de tu jaula de oro. He venido a ofrecerte la libertad a cambio de una semilla que cambiará el destino del mundo.
Leda intentó gritar, pero el tiempo se detuvo. El entorno perdió sus colores; el río se congeló en un relieve de cristal. Él no la tocaba, pero ella sentía su voluntad erosionar la suya, como el mar destruye el acantilado.
—¿Qué quieres de mí? —logró soltar ella, con el horror floreciendo en su pecho.
—Quiero que seas el vientre de una guerra —sentenció él, con una frialdad gélida—. De nuestro encuentro nacerá una belleza que hará que los hombres olviden la razón. Será una ruina envuelta en seda. Troya arderá, Esparta sangrará, y tu nombre será la excusa para el fin de una era.
Cuando el sol comenzó a teñir el horizonte, el dios se había desvanecido, dejando solo el silencio. Leda despertó en la orilla, temblando. Miró hacia abajo y vio una mancha de sangre sobre su túnica, una herida invisible. En el río, el cisne se alejaba, y en su pecho, Leda sintió una pesadez insoportable. No era un hijo lo que llevaba dentro; era el destino. Y mientras miraba sus manos, comprendió con horror que, a partir de ese momento, ella ya no era la reina de Esparta, sino la arquitecta de la caída de la humanidad.
El despacho del Ministro de Educación olía a té frío y a burocracia estancada, pero el aire que traía el director del museo era diferente: olía a ceniza, a madera chamuscada y a un terror que no aparecía en los manuales de gestión cultural. El hombre, cuyos cabellos blancos parecían haber encanecido en cuestión de horas, dejó caer una carpeta sobre la caoba pulida del ministro. Sus manos temblaban con una violencia incontrolable.
—Señor Ministro —dijo, y su voz sonó como un cristal que se resquebraja—, se lo advertí. Se lo advertí con cada informe, con cada nota al margen en los presupuestos. Pero usted, en su afán de atraer turistas, insistió en que el Niño Llorón de Bruno Amadio debía presidir la exposición de "Obras del Infortunio".
El ministro arqueó una ceja, irritado por la impertinencia.
—No me hable de supersticiones de tabloide, director. Un cuadro es pigmento sobre lienzo. Las leyes de la física no se doblan ante una pintura barata de un niño con los ojos anegados en lágrimas. ¿Dónde está el informe técnico del incendio?
El director soltó una carcajada amarga, seca, que pareció llenar el despacho de un frío repentino.
—La física no explica por qué, en el centro de la sala principal, donde el lienzo colgaba bajo una luz cenital, no quedó nada más que cenizas. No fue un cortocircuito. No hubo acelerantes. El fuego comenzó detrás del cuadro, en la pared misma, como si el propio Amadio hubiera pintado el infierno detrás de esos ojos suplicantes. Los bomberos no pudieron explicar cómo es que el ala oeste, protegida por cortafuegos, ardió con una furia tan precisa. Solo el cuadro... el cuadro desapareció, convertido en parte del humo que ahora cubre media ciudad.
El director se inclinó sobre la mesa, sus ojos inyectados en sangre clavados en los del ministro.
—La leyenda decía que quien lo poseyera, vería su hogar reducido a escombros. Los vecinos, los dueños de casas que lo tuvieron en sus paredes, todos perdieron lo que amaban. Pensamos que era el azar, una serie de coincidencias estadísticas. Pero hoy, mientras veía las ruinas de nuestra galería, entendí la verdad: el niño no llora por tristeza. Llora porque sabe que es la antorcha que el diablo dejó olvidada en nuestro mundo.