domingo, 5 de julio de 2026

Idiot

 


N.U.L. (74)

        Observa a ese tipo que ha entrado en la cafetería. Parece que mezcla la urgencia con el desdén.. Parece que ha decidido, unilateralmente, que su vida es una performance. Se acerca a la barra, despliega el iPad —no es una tableta, por Dios, es un iPad— y, antes de que el camarero pueda articular un simple "¿qué le pongo?", suelta el primer espasmo:

        —Necesito un late de avena, pero que el foaming esté perfectamente balanced. Tengo un meeting en diez minutos y mi schedule está absolutamente collapsed.

        Lo dice con esa cadencia impostada, como si estuviera traduciendo simultáneamente una película de serie B desde un cerebro que ya no le pertenece. El camarero, un tipo con los ojos hundidos por el peso de la realidad, le sirve el líquido humeante. El sujeto no da las gracias; las gracias son de pobres. Él lanza un thanks seco, casi un gruñido, y se retira a una mesa para empezar a teclear con una furia de ejecutivo de Wall Street atrapado en un polígono industrial de las afueras.

        Es fascinante observar este fenómeno desde la mesa contigua. Este sujeto no habla; él "gestiona su branding". Si se equivoca, no comete un error, sino un fail. Si está cansado, no siente fatiga, sino burnout. Hay algo profundamente patético en este empeño por colonizar el lenguaje materno con anglicismos baratos, como si al adoptar esos vocablos sintiera que el techo de su piso alquilado se eleva hasta las alturas de un rascacielos neoyorquino. Es una forma de autismo social: el sujeto cree que, al pronunciar deadline en lugar de plazo, el tiempo se detiene a obedecer sus órdenes, cuando en realidad solo está añadiendo una capa más de cemento al muro que le separa de la autenticidad.

Lo que no comprende, mientras sorbe su late con el meñique ligeramente estirado, es que su vocabulario de importación es su cárcel. Al desterrar las palabras de siempre, las que huelen a tierra, a infancia y a verdad, se ha dejado a sí mismo sin herramientas para describir la tristeza de su propia existencia. Ya no puede decir "me siento solo", porque eso sonaría demasiado humano, demasiado vulnerable; prefiere decir que se siente disconnected, una palabra que suena a cable desenchufado, a aparato averiado.

Sale del local con la misma prisa coreografiada. Se marcha dejando tras de sí un vacío que ni siquiera un coaching intensivo podría llenar. Pobre hombre, pienso mientras observo su espalda alejarse: ha conseguido vivir en un país extranjero sin haber salido nunca de su propia estupidez.

Los cuentos del abuelo sin trapos calientes

 


N.U.L. (73)

        El abuelo tenía esa manía insoportable de leerme los cuentos originales, los de verdad, esos que no habían pasado por el filtro higiénico de la factoría del ratón. Se sentó en el borde de mi cama, ajustó sus gafas y comenzó a leer La sirenita de Andersen, como si estuviera diseccionando un cadáver en una mesa de operaciones.

        —Escucha esto —dijo, señalando una página amarillenta con el dedo índice—. Aquí no hay canciones de cangrejos que tocan el violín.

        —¿Y qué hay, abuelo? —pregunté, sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura de la habitación.

        —Hay dolor, mucho dolor. Cada paso que daba la sirenita sobre la tierra era como caminar sobre cuchillos afilados. Literalmente. Sus pies sangraban a cada paso, pero ella seguía adelante, impelida por una obsesión que no entendía la lógica del mercado.

        El abuelo carraspeó, como si las palabras le rasparan la garganta.

        —El príncipe, en esta versión, es un idiota integral. Se casa con otra porque cree que ella fue quien lo salvó del naufragio. La sirenita, muda por el pacto con la bruja del mar, lo mira desde la sombra, sabiendo que su destino es convertirse en espuma.

        —¿Y no hay final feliz? —insistí, aferrándome a la manta como si fuera un salvavidas.

        —El final es una lección de anatomía y crueldad —respondió él, observando una mosca que chocaba contra la bombilla del techo—. Sus hermanas le entregan una daga. Le dicen que, si mata al príncipe y deja que su sangre caiga sobre sus pies, recuperará su cola y volverá al mar.

        Hubo un silencio espeso, de esos que se cortan con un cuchillo de cocina. El abuelo bajó el libro y me miró directamente a los ojos.

        —Ella lo mira dormir al lado de su nueva esposa. Levanta el puñal, duda, y al final, incapaz de cometer el asesinato, lo lanza al mar y se arroja ella misma tras él. Se deshace en espuma de mar, una nada perpetua.

        Me quedé helado. El abuelo cerró el libro con un golpe seco que resonó como una sentencia.

        —El trauma, hijo, es necesario —dijo mientras se levantaba—. Disney nos vende la idea de que, si eres bueno y cantas bien, el mundo te devolverá una recompensa. Pero la realidad es que el mundo suele pedirte que te conviertas en espuma para que otros puedan vivir sus vidas. La diferencia entre un cuento de hadas y la vida es que, en la vida, nadie te cambia la voz por un par de piernas que no hacen más que sangrar.

        Se fue de la habitación, dejándome solo con el eco de un mar que, a partir de esa noche, ya no me pareció un lugar para sirenas, sino un vertedero de sueños rotos.

Mi señor, el pueblo tiene hambre.

 


N.U.L. (72)

El sol de mediodía se filtraba por los cristales de Versalles, pero dentro del Salón de los Espejos, la luz parecía artificial, distorsionada por el exceso. Luis XIV, el Rey Sol, observaba la coreografía de sus cortesanos con una calma que rozaba la indiferencia. A su lado, el ministro Colbert, con el rostro más gris que su casaca, se retorcía las manos, incapaz de ocultar el temblor que le recorría los dedos.

—Majestad —comenzó Colbert, bajando la voz hasta convertirla en un susurro áspero—, el Tesoro no es un pozo sin fondo. Los registros de esta última semana... son una sentencia de muerte para la estabilidad del reino.

Luis XIV ni siquiera giró la cabeza. Sus ojos, fijos en los reflejos infinitos del cristal, escrutaban un horizonte que solo él habitaba.

—La gloria no se mide en monedas, Jean-Baptiste —respondió con una voz suave, cargada de una autoridad absoluta—. Se mide en el asombro de Europa. Cuando los embajadores vean los jardines iluminados por miles de antorchas y prueben el vino que llega de las antípodas, comprenderán que Francia no es un país; es el centro del universo.

—Francia está pasando hambre, señor —insistió Colbert, dando un paso adelante, ignorando el protocolo—. El pueblo no come asombro. Los impuestos han llegado al límite de lo soportable. Esta fiesta, este despliegue de derroche, es un incendio. Estamos quemando las semillas de la próxima cosecha para pagar fuegos artificiales que durarán diez minutos.

El Rey Sol se volvió lentamente hacia su ministro. Una leve sonrisa, gélida y afilada como un diamante, se dibujó en sus labios.

—¿Me hablas de hambre, ministro, o de tu falta de ambición? —Luis caminó hacia una de las inmensas ventanas—. Mira esos jardines. Son un triunfo sobre la naturaleza misma. Si el precio de mi reinado es dejar las arcas vacías, que así sea. Prefiero ser el soberano de un reino en ruinas pero deslumbrante, que el contador de un país próspero y aburrido. La historia no recordará los números que anotas en tus libros; recordará la sombra que proyectó mi trono.

Colbert sintió que el frío de las mazmorras le recorría la espalda. Comprendió, con una lucidez devastadora, que ya no estaba hablando con un hombre, sino con un dios terrenal cegado por su propio brillo.

—La quiebra no es una opinión, Majestad —murmuró, derrotado—. Es un destino.

—Entonces que la quiebra sea magnífica —sentenció Luis, volviendo a alzar la copa de cristal tallado—. Que el mundo sepa que, si Francia cae, lo hará bajo una lluvia de oro y seda.

Afuera, la música comenzaba a sonar, ahogando los susurros de una hambruna que, muy pronto, derribaría los muros de aquel palacio de espejos.

La inquietante razón por la que Edgar Allan Poe murió con la ropa de otra persona

 


N.U.L. (71)

        La taberna Ryan’s, en Baltimore, era un antro donde la luz de las velas apenas luchaba contra la podredumbre. El hombre, desplomado en la acera, apenas era un espectro de lo que fue. Joseph Walker, el impresor que lo encontró, se acercó con cautela y sacudió sus hombros.

        —¡Amigo! ¡Despierte, por Dios! —gritó Walker.

        El hombre abrió los ojos. No había rastro de inteligencia, solo un terror abismal. Intentó articular palabra, pero solo un gemido salió de su garganta. Walker retrocedió, horrorizado. No era solo la palidez del sujeto, sino el disfraz grotesco que portaba. Aquel abrigo le venía grande, un sombrero de ala ancha cubría su frente sudorosa y unos pantalones raídos, sucios de barro, completaban una estampa ajena.

        —¿Quién es usted? —preguntó Walker, aunque una sospecha helada le recorría la espalda—. Esa ropa... no es suya. ¿Dónde está su levita?

        El hombre se aferró a la solapa del abrigo prestado. Sus dedos temblorosos arañaron la lana barata.

        —¡Reynolds! —logró articular, con una voz que sonaba a papel seco—. ¡Que se apiaden... del cuervo!

        Horas después, en la sala del hospital, el doctor Moran observaba la escena con perplejidad. El paciente, atrapado en una fiebre delirante, seguía vistiendo los mismos harapos que el impresor había descrito.

        —Doctor —susurró una enfermera, mirando el atuendo con desprecio—, este hombre parece un mendigo, pero sus manos... sus manos son las de un caballero.

        El doctor Moran se acercó al lecho.

        —No es un mendigo —sentenció, mientras el paciente sollozaba un nombre ininteligible—. Esto es una farsa. Alguien lo despojó de su dignidad antes de romper su mente. Es el cooping, ¿no es así? ¿Lo arrastraron de urna en urna, obligándolo a votar bajo el nombre de otros mientras le obligaban a usar esta basura?

        El moribundo abrió los ojos una última vez. Su mirada pareció atravesar al doctor, viendo algo que solo él comprendía.

        —¿Por qué? —le preguntó el doctor, tomándolo de la mano—. ¿Por qué dejar que le hicieran esto? ¿Quién le dio esta ropa maldita?

        El hombre intentó sonreír, un gesto macabro que congeló la sangre de los presentes.

        —Para que el mundo... no reconozca... al autor de la pesadilla —susurró con un hilo de voz.

        Con un último suspiro, Edgar Allan Poe se entregó a la sombra. Murió vistiendo la máscara de un anónimo, cumpliendo, con su último aliento, el destino que él mismo había trazado en sus cuentos: la desaparición absoluta de su identidad, dejando tras de sí un misterio que, casi dos siglos después, sigue desafiando a la lógica.

viernes, 3 de julio de 2026

Negra sombra ROSALÍA DE CASTRO

  VÍDEO Nº 22

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube




Cuando pienso que te fuiste,
negra sombra que me asombras,
a los pies de mis cabezales,
tornas haciéndome mofa.

Cuando imagino que te has ido,
en el mismo sol te me muestras,
y eres la estrella que brilla,
y eres el viento que zumba.

Si cantan, eres tú que cantas,
si lloran, eres tú que lloras,
y eres el murmullo del río
y eres la noche y eres la aurora.

En todo estás y tú eres todo,
para mí y en mí misma moras,
ni me abandonarás nunca,
sombra que siempre me asombras.


Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.



La caída LUISA CASTRO

  VÍDEO Nº 21

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube


Las montañas cristalizan en mil años
y el mar gana un centímetro a la tierra
cada dos milenios,
horada el viento la roca en cuatro siglos
y la lluvia, también la lluvia
se toma su tiempo para caer.
Sé paciente con mi corazón
que suspira por una obra duradera.
Como el viento, como la lluvia,
también mi corazón
se toma su tiempo para caer.

Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

Solitude ELLA WHEELER WILCOX

   VÍDEO Nº 20

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube



Ríe, y el mundo reirá contigo;
llora, y llorarás solo.
Porque la triste tierra vieja debe tomar prestada su alegría,
pero tiene suficientes problemas propios.
Canta, y las colinas responderán;
suspira, se perderá en el aire.
Los ecos se unen a un sonido alegre,
pero se abstienen de expresar la preocupación.

Alégrate, y los hombres te buscarán;
afligiéndote, y se darán la vuelta y se irán.
Quieren la medida completa de todo tu placer,
pero no necesitan tu dolor.
Alégrate, y tus amigos serán muchos;
entristece, y los perderás a todos.
No hay nadie que rechace tu vino néctar,
pero solo debes beber la amargura de la vida.

Festeja, y tus salones estarán llenos;
ayuna, y el mundo pasará.
Triunfa y da, y te ayudará a vivir,
pero nadie puede ayudarte a morir.
Hay espacio en los salones del placer
para una larga y señorial comitiva,
pero uno por uno debemos desfilar
por los estrechos pasillos del dolor.

Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

Buenos Aires - Berlín TIMO BERGER

   VÍDEO Nº 19

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube



A los perros les tengo miedo desde la infancia,

Tomy, el perrito enano de Lin,

ya no más melón que comedor,

mordió obtusamente mis pantalones vaqueros.

Estaban pasados hasta sangrar.

La pantorrilla se mantuvo,

pero sigue doliendo hasta hoy

en ensoñaciones y pensamientos.

Entonces, como se dice en Austria, el país de mi tía,

Me cambio, por prevención, de acera.

De lejos le veo.

No hace poco, la bromilla borró la pesadilla

Tres curros, tiene mi nueva amiga.

Animales que ríen,

quizás por una carcasa.

Mantuve a uno cortito de rienda

Él pateaba conmigo a la hierba hasta la rodilla.

Duchaba la sangre con una cicatriz,

que de esa fui y tapé.


Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

La malcasada LUIS ALBERTO DE CUENCA

   VÍDEO Nº 18

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube



Me dices que Juan Luis no te comprende,

que sólo piensa en sus computadoras

y que no te hace caso por las noches.

Me dices que tus hijos no te sirven,

que sólo dan problemas, que se aburren

de todo y que estás harta de aguantarlos.

Me dices que tus padres están viejos,

que se han vuelto tacaños y egoístas

y ya no eres su reina como antes.

Me dices que has cumplido los cuarenta

y que no es fácil empezar de nuevo,

que los únicos hombres con que tratas

son colegas de Juan en IBM

y no te gustan los ejecutivos.

Y yo, ¿qué es lo que pinto en esta historia?

¿Qué quieres que haga yo? ¿Que mate a alguien?

¿Que dé un golpe de estado libertario?

Te quise como un loco. No lo niego.

Pero eso fue hace mucho, cuando el mundo

era una reluciente madrugada

que no quisiste compartir conmigo.

La nostalgia es un burdo pasatiempo.

Vuelve a ser la que fuiste. Ve a un gimnasio,

píntate más, alisa tus arrugas

y ponte ropa sexy, no seas tonta,

que a lo mejor Juan Luis vuelve a mimarte,

y tus hijos se van a un campamento,

y tus padres se mueren.


Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

Balada GABRIELA MISTRAL

   VÍDEO Nº 17

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube



Él pasó con otra;
yo le vi pasar.
Siempre dulce el viento
y el camino en paz.
¡Y estos ojos míseros
le vieron pasar!

Él va amando a otra
por la tierra en flor.
Ha abierto el espino;
pasa una canción.
¡Y él va amando a otra
por la tierra en flor!

El besó a la otra
a orillas del mar;
resbaló en las olas
la luna de azahar.
¡Y no untó mi sangre
la extensión del mar!

El irá con otra
por la eternidad.
Habrá cielos dulces.
(Dios quiera callar.)
¡Y él irá con otra
por la eternidad!


Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.

A los que vendrán BERTOLT BRECHT

   VÍDEO Nº 16

De la colección ANTÁRTICA POÉTICA Canal de YouTube



Ustedes, que saldrán de la misma corriente

en la que nosotros nos hundimos, piénsenlo.

Cuando comenten nuestras debilidades

en la época sombría de la que se salvaron,

ahí marchábamos cambiando de país

más frecuentemente que de zapatos

a través de la lucha de clases

desesperados de ver solo injusticias y no rebeliones.

Sabemos muy bien que el odio a la bajeza,

también desfigurados,

la ira ante la injusticia también enronquece la voz.

Nosotros queríamos preparar el terreno

para la amabilidad de ustedes

cuando llegue el momento en que el hombre,

ese amigo del hombre, piense en nosotros con indulgencia.


Idea, edición y realización por CARLOS BUSTAMANTE BURGOS.


Cuando El Bosco hizo caso a Satanás.

  N.U.L. (106)           La sala del consejo de la catedral estaba sumida en una penumbra opresiva, apenas interrumpida por el parpadeo de l...