N.U.L. (106)
La sala del consejo de la catedral estaba sumida en una penumbra opresiva, apenas interrumpida por el parpadeo de los cirios. Hieronymus, con sus ropajes oscuros y las manos cruzadas sobre su pecho, observaba cómo los dignatarios religiosos examinaban con lupa los paneles de El jardín de las delicias.
—Imagino que sabe por qué está aquí y por qué también lo está el cuadro, ¿no?
—No exactamente —se defendió el Bosco.
—Alguien nos informó de que estaba pintando esta obra del diablo. ¿Quién se lo ha pedido, el mismo diablo?
—No, Eminencia.
—¡Esto es una blasfemia, Bosch! —bramó el cardenal, señalando los híbridos monstruosos y las orgías de placeres mundanos que poblaban los trípticos—. Has abierto las puertas del averno y has invitado al pecado a sentarse a la mesa de los justos. ¿Acaso has firmado un pacto con el Adversario para retratar su dominio con tanta devoción?
El Bosco mantuvo la mirada serena. Sabía que la censura no buscaba la verdad, sino el control.
—Eminencia —respondió con voz pausada, casi susurrante—, no es el diablo quien habita en estos paneles, sino el reflejo de la locura humana que vosotros, con vuestro silencio, habéis permitido crecer. Mi obra no celebra el pecado; es un espejo. Si el espectador siente náuseas al mirar, es porque reconoce en esas criaturas su propia corrupción. No pinto al diablo para invocarlo, sino para que, al verlo, el alma cristiana se estremezca y busque la salvación en la contrición.
Los líderes religiosos intercambiaron miradas de desconfianza. El ambiente estaba cargado de un celo inquisitorial que buscaba sangre, o al menos, la hoguera para los lienzos.
—No sé por qué, pero no lo creo —sentenció el cardenal—. Ya decidiremos qué hacer con esa obra.
Hieronymus hizo una leve inclinación de cabeza, aceptando el destino de su creación con una sonrisa críptica que nadie pudo descifrar. Se dio la vuelta para retirarse, sintiendo sobre su espalda el peso de las sotanas que pronto decretarían la destrucción de su visión. Sin embargo, antes de abandonar la estancia, se detuvo frente al panel del infierno, el cardenal se paró, miró con detenimiento y terminó por decir:
—Imperdonable. Es como si el mismo Satanás estuviera cantando un triunfo.
Cuando el pintor llegó a su casa, las palabras del cardenal le dieron una idea: tomó un pincel fino y con una destreza rayana en el frenesí, añadió unos pequeños trazos sobre las nalgas de un condenado que ya estaba siendo devorado por un monstruo. No era un simple detalle; era una partitura completa. Un canto irónico, un himno oculto de burla que permanecería invisible para los ojos piadosos de la Iglesia.