N.U.L. (50)
El mármol del Senado romano resplandecía bajo la luz de la mañana, pero el ambiente dentro del recinto era gélido, espeso de miedo. Los senadores, hombres patricios de túnicas inmaculadas y rostros severos, guardaban un silencio sepulcral. En el centro de la sala, el joven emperador Cayo Julio César Augusto Germánico —a quien todos llamaban Calígula por la espalda— sonreía con una calma que aterraba más que sus gritos.
A su lado, sujeto por una brida de seda púrpura y luciendo un collar de piedras preciosas que tintineaba con cada movimiento, se erguía Incitatus, su semental de carreras preferido.
—¿Os perturba su presencia, senadores de Roma? —la voz de Calígula resonó en la cúpula, arrastrando una ironía afilada como una daga.
El anciano cónsul Régulo dio un paso al frente, tragando saliva. Sabía que un mal gesto equivalía a una sentencia de muerte.
—César, el Senado siempre se honra con vuestra presencia... pero las leyes de la República y del Imperio dictan que este lugar sagrado está reservado para los hombres más ilustres y capaces de la tierra.
—¿Capaces? —Calígula soltó una carcajada estridente que hizo que Incitatus relinchara suavemente. El emperador acarició las crines del animal—. Mi querido Régulo, este caballo no ha traicionado a sus amigos, no ha conspirado en las sombras para envenenar a sus rivales y, sobre todo, no lame mis sandalias por la mañana para desear mi muerte por la tarde. ¿Podéis decir lo mismo de la mitad de los hombres que se sientan en estos escaños?
Nadie se atrevió a respirar. El verdadero trasfondo de la escena no era el delirio de una mente enferma, sino una calculada y brutal estrategia política. Calígula no estaba loco; estaba harto. Tras sobrevivir a las intrigas palaciegas que habían exterminado a casi toda su familia, el emperador usaba el absurdo como un arma de humillación masiva. Si el Senado se había convertido en un nido de cobardes dispuestos a aprobar cualquier decreto con tal de salvar el cuello, entonces un caballo bien podía hacer su trabajo.
—He decidido que Roma necesita sangre nueva en el consulado —continuó Calígula, paseando su mirada de depredador por la asamblea—. Incitatus ya tiene una villa, esclavos a su servicio y cena cebada mezclada con copos de oro. Su juicio es limpio. Por lo tanto, propongo formalmente su candidatura.
Miró fijamente a Régulo, desafiándolo con los ojos.
—¿Alguien tiene alguna objeción legal... o prefiere demostrarme su lealtad votando a favor?
Uno a uno, los hombres más poderosos del imperio más grande del mundo bajaron la cabeza. El silencio del Senado no fue la respuesta a una locura, sino el sombrío reflejo de su propia sumisión. Calígula había ganado: les había demostrado que, en su Roma, los nobles valían menos que una bestia de carga.


