N.U.L. (65)
La luz del Madrid de 1916 no era la luz de París; era un sol crudo, implacable, que se filtraba por los ventanales del Hotel Ritz, revelando el polvo en el aire y las grietas en el maquillaje de una mujer que vivía de las sombras. Mata Hari, o Margaretha, como se llamaba a sí misma en la intimidad de su almohada, observaba desde el balcón la Plaza de la Lealtad. Para el mundo, era una bailarina exótica, una cortesana de lujo; para el espionaje francés y alemán, era un peón que se movía en un tablero donde la vida era la moneda de cambio.
—Madrid es un teatro —le dijo a su amante, un oficial alemán al que apenas soportaba—, pero el público ya no aplaude, vigila.
—Estás paranoica, querida —respondió él, sin levantar la vista de su copa de coñac—. Eres la mujer más hermosa de Europa. ¿Quién se atrevería a tocarte?
Mata Hari sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos, esos pozos oscuros donde guardaba secretos que habrían derribado gobiernos. Madrid era un nido de espías, un territorio neutral donde los susurros se vendían al mejor postor en las mesas del Palace. Ella se movía entre diplomáticos y militares como un fantasma de seda y perfume, extrayendo información con la misma delicadeza con la que se desprendía de sus velos en el escenario.
Pero algo había cambiado en el aire. La ciudad, con sus cafés bulliciosos y sus noches largas, ya no le ofrecía el anonimato que necesitaba. Sentía los ojos de los agentes de la inteligencia aliada clavados en su nuca cada vez que caminaba por la Gran Vía. En Madrid, Mata Hari no estaba cazando; estaba siendo acechada. El juego se había vuelto peligroso, y las fichas habían dejado de ser de plástico para convertirse en acero frío y plomo.
—Mañana partiré hacia París —anunció ella una noche, dejando su copa vacía sobre la mesa de mármol.
—Es un suicidio —advirtió el oficial, palideciendo.
—Todo lo que hago es un suicidio, mi querido amigo —respondió ella, ajustándose la estola de piel—. Pero prefiero morir en el centro del escenario que pudrirme en el olvido de esta ciudad que ya me ha visto demasiado.
Aquella noche, mientras caminaba hacia su habitación, Mata Hari se detuvo frente al espejo del pasillo. Se observó largo tiempo, buscando en su rostro la huella de los años y el peso de sus mentiras. Madrid había sido su última partida de cartas, y sabía, con esa intuición afilada que solo tienen los condenados, que había perdido la apuesta. Se giró, ocultó su miedo bajo una capa de desdén y salió hacia la oscuridad de la noche madrileña, sabiendo que el amanecer sería su último estreno.